jueves, 27 de junio de 2013

Personas como yo, de John Irving



Da la sensación de que en el imaginario mercado de valores literario (tan fiable como el real) las acciones de John Irving llevan tiempo a la baja. Sí, sigue siendo un autor respetado y sus nuevos libros tienen cierta repercusión, pero digamos que la aparición de una nueva novela con su firma ya no es un “acontecimiento”. Y sin embargo, en Personas como yo demuestra que sigue siendo un escritor de primera categoría.

Quizá el que no se le preste tanta atención se deba a su reincidencia en ciertos temas y personajes. La sexualidad conflictiva, un internado en Nueva Inglaterra, viajes por Viena y otros lugares de Europa (en esta ocasión, con un importante papel para Madrid), el ejercicio de la lucha... Pero que un autor se mantenga fiel a sus principios, siempre que no caiga en la reiteración o la autocomplacencia, no debería ser un problema. Como dice un personaje en esta novela respecto a los libros que escribe el protagonista: “Los mismos temas de siempre, pero mejor tratados: los llamamientos a la tolerancia nunca cansan”.



Porque precisamente eso es Personas como yo, un alegato por la tolerancia y la diversidad. Pero sin la moralina ni la pesadez que suele acompañar estas proposiciones. Primero, porque Irving mantiene intacto su buen humor, su maestría en las escenas cómicas y los diálogos brillantes. Además, la construcción de la novela es soberbia: Irving plantea un juego de planos temporales que resuelve con (aparente) sencillez y logra mantener en todo momento la atención del lector. Y, una vez más, Irving dibuja un plantel de personajes difícilmente olvidable, desde Bill su protagonista, un chico bisexual que no encuentra referentes, pasando por la señorita Frost, una misteriosa bibliotecaria que lleva con dignidad su ostracismo, o Elaine, la amiga íntima de Bill que soportará junto a él las bofetadas de la vida.

Personas como yo combina la comicidad de la que hablábamos con una experiencia mucho más terrorífica. En los libros de Irving también es habitual encontrarse con sucesos luctuosos, pero pocos tan terribles como el mostrado en el capítulo Un mundo de epílogos, en el que se describe sin tapujos todo el dolor y la pérdida producidas por el sida durante su época más asoladora, en los años 80.

Después, llegará la visita a Madrid y el extraordinario final. Si Dickens siempre ha aparecido como el mayor referente de Irving (y Personas no es una excepción), aquí Shakespeare también tendrá un papel protagonista. Porque si los temas elegidos por Irving en otras manos podrían caer en el sensacionalismo (“el Excesos” llaman al novelista Bill), la delicadeza de su escritura y su capacidad de comprensión logran que sus libros sean también manuales de convivencia.

Editorial Tusquets
Traducción de Carlos Milla Soler



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