lunes, 29 de diciembre de 2014

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens


Quizá Historia de dos ciudades no esté entre los libros más valorados de Charles Dickens, pero seguramente esta posición relegada no tiene unos motivos estrictamente literarios, sino que se debe a que no parece “un libro de Dickens”. Porque en él encontramos la maestría narrativa del autor y su habilidad para crear personajes memorables, pero al ser una novela histórica no comparte la inmediatez urgente que hace sus novelas tan verdaderas y emocionantes. Pues, cuando se habla del realismo de Dickens no se trata tanto de un cierto costumbrismo apegado a la cotidianidad como de su capacidad para reflejar a través de la literatura la vida misma.

En el caso de Historia de dos ciudades lo más extraordinario es la capacidad de Dickens para retratar los sentimientos más exaltados a través de la contención. A lo largo de sus páginas asistimos a una historia de amor exacerbada, a varias redenciones personales de implicaciones casi místicas, a la expresión desaforada de ansias que van desde la venganza hasta el sacrificio, pero en todo momento Dickens sabe mantener las distancias. Sin caer en el melodrama ni jugar con el lector, presenta todos estos conflictos, y muchos más, de manera apasionada, pero sin excesos sentimentales.




También es habitual acusar a Dickens de maniqueísmo en su pequeña historia de la Revolución francesa, como si hubiera presentado a los ingleses como seres perfectos y a los franceses como un hatajo de fanáticos. Pero tal acusación solo puede venir de alguien que no haya leído el libro. La sociedad inglesa que dibuja Dickens dista mucho de ser idílica, mientras que si bien se muestra muy distante de la furia criminal de los exaltados revolucionarios, no deja de comprender sus motivos y de avisar de que la injusticia prolongada lleva irremediablemente a una contestación a la altura de las injurias sufridas.

Pero, más allá de las consideraciones sociales o históricas, donde destaca Dickens es cuando se centra en sus personajes, esos seres de carne y hueso envueltos en acontecimientos históricos que los superan. Aquí nos encontramos con la genialidad del autor para componer caracteres complejos, a veces contradictorios, a veces simbólicos en su pureza. Los buenos siempre tienen un pasado del que escapar, mientras que los malos actúan movidos por razones comprensibles. Y siempre hay una evolución, una confrontación que hace que cada uno tenga que asumir su propio destino.

Editorial Alba
Traducción A. de la Pedraza

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cuentos completos, de Evelyn Waugh


Aunque el adjetivo wavian o waughiano todavía no se ha generalizado, cualquier lector de Evelyn Waugh sabría identificarlo sin ninguna duda. Porque el mundo de Waugh, repleto de esnobs y de aristócratas decadentes y estúpidos, que se mueven en una sociedad superficial y son descritos con un frío humor en el que el sarcasmo se mezcla con la brillantez estilística, es un mundo que, por muy lejos que nos quede, ya conocemos de primera mano.

En estos Cuentos completos nos encontramos a Waugh en su expresión más destilada. Desde unos relatos infantiles con más interés fetichista que literario hasta unos cuentos finales en los que el autor sigue manteniendo la causticidad de sus mejores épocas, el lector quizá no encuentre una evolución palpable, pues el tono siempre es el mismo, pero sí podrá disfrutar de toda la gama de maldades e ironías que Waugh, o el ser humano, es capaz de desplegar.



En este recorrido por waughlandia nos podemos topar con viejos conocidos, como Charles Ryder, el narrador de Retorno a Brideshead, a quien aquí nos encontramos en la universidad, otro de los lugares predilectos de Waugh para desarrollar su mala baba; o al Basil Seal de Merienda de negros y otras novelas del autor, que aquí aparece en el último relato que Waugh escribió, y en el que no es difícil encontrar algunos rasgos autobiográficos.

Aparte de esos cuentos experimentales en los que Waugh, probó diversas técnicas cinematográficas aplicadas a la narración, o de algún relato muy curioso como La Europa moderna de Scott-King, en el que la primera España franquista queda retratada en todo su absurdo, quizá la historia más sorprendente de todas sea Compasión, y no solo por sus valores puramente literarios, sino porque en él descubrimos que quizá Waugh incluso tenía un corazoncito. Severo y en apariencia desalmado, es extraordinario comprobar en este relato sobre refugiados judíos al final de la Segunda Guerra Mundial que quizá Waugh también podía albergar sentimientos de fraternidad.

Editorial RBA
Traducción de Luis Murillo Fort

martes, 23 de diciembre de 2014

La señorita Mapp, de E.F. Benson


Aunque cada uno tiene sus características propias, hay un innegable aire de familia entre los libros de E.F. Benson, Stella Gibbons y D.E.Stevenson que Impedimenta y Alba están rescatando en los últimos años. Todos se centran en una Inglaterra rural en la que no faltan ninguno de los elementos que han convertido la famosa “campiña” en un espacio mítico, y tienen como personajes protagonista a mujeres adictivas. Flora Poste es testaruda y decidida, la señorita Buncle ingenua y primorosa, mientras que las Lucia y señorita Mapp de Benson son más maliciosas e intrigantes.

De hecho, La señorita Mapp se podría leer como un estudio sobre el esnobismo y la hipocresía. Su protagonista se conforma con juegos inofensivos en los que trastea a su gusto con todos los habitantes de Tilling y a menudo termina escaldada, aunque sabemos que se la apañará para acabar saliéndose con la suya. Mapp es una cotilla irredenta, una lianta con planes absolutista, una metomentodo impertinente. Es decir, que la adoramos.




Pero Mapp no está sola en sus aventuras. Tilling es un personaje más en la novela al que Benson a menudo da atributos humanos (“Tilling piensa, Tilling se conmociona”), y a su vez está poblado por una galería de personajes irresistibles como Diva, la gran enemiga de Mapp y a la vez tan parecida a ella, o los viejos militares Flint y Puffin, que se odian tanto entre ellos que no sabrían vivir sin la compañía del otro, además de muchos otros personajes secundarios que tanto juego dan a Mapp y a Benson.

En realidad el libro más que una novela es una colección de relatos, sin una trama unitaria. Así Benson tiene vía libre para desplegar su punzante ironía, su habilidad para hacer crecer jardines en los que enredar a sus personajes y labrarse la simpatía del lector. Próximamente la BBC va a emitir una serie basada en los personajes creados por Benson, lo que demuestra su vigencia. El humor de Benson ha superado la barrera del tiempo.

Editorial Impedimenta
Traducción de José C. Vales

viernes, 19 de diciembre de 2014

El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell


Hay muchas razones por las que la lectura de El secreto de Joe Gould es fascinante, pero quizá lo más llamativo es el contraste entre su protagonista, ese Joe Gould “más extraño que la ficción” y el estilo verista y sencillo de Joseph Mitchell. Porque así nos encontramos con lo mejor de ambos mundos: una vida tan extraordinaria que es difícil creerse que fuera real y una escritura que no descuida ningún detalles y a través de la cual el lector puede asistir al proceso de redacción en directo, como si dijéramos.

Víctima de una logorrea extenuante (sobre todo para los que le tenían que escuchar) y de una grafomanía no menos agotadora (y en la que residía parte del secreto de su historia), Joe Gould era un excéntrico convertido en loco (de familia adinerada, acabó viviendo en la calle). Capaz de encandilar con sus historias, no tardaba mucho en cansar con sus salidas de tono y sus reiteraciones agotadoras. Tan atrayente como repulsivo, tenía dentro de sí un misterio, una mentira, a través de la cual había forjado su existencia. 




Mitchell deja claro que a él lo que menos le interesaba era describir la vida de uno de esos bohemios del Village de los años 30 y 40, tan glorificados por la novelería, pero que el encontraba especialmente plastas. A pesar de lo cual, ese ambiente mísero y decadente queda perfectamente reflejado. Pero lo que atrajo su atención, y le lleva a arrastrar consigo al lector, fue el empeño de este Joe Gould por escribir una Historia oral que reflejara su tiempo como ni tan siquiera los más grandes historiadores habían sido capaces de lograr.

Como dice Martin Amis, se trata de un personaje digno de Borges. Pero su grandeza, sus implicaciones, van más allá de lo literario (del simbolismo) por el camino del humanismo. Mitchell no tenía especial simpatía por Gould (sentimiento recíproco), pero supo ver en él el espíritu de toda una estirpe de artistas cuya obra maestra no está en sus creaciones, sino en su vida. No es de extrañar que Vila-Matas también haya sentido devoción por este libro.

Editorial Anagrama
Traducción de Marcelo Cohen

jueves, 18 de diciembre de 2014

Doctor Sueño, de Stephen King


El apariencia el tema de Doctor Sueño puede ser tan esquemático como la sempiterna lucha entre el bien y el mal. Y su objetivo, como confiesa el propio Stephen King, sencillamente entretener. Pero, sin necesidad de caer en simbolismos efectistas, en realidad la novela es mucho más compleja que eso. Asuntos como la adicción, la herencia familiar o el dominio sobre la propia existencia gravitan a lo largo de toda la novela como fantasmas que sería preferible evitar, pero cuya presencia se hace evidente. Y no será hasta que se afronten de cara cuando se podrán superar.

Ahora se podría pensar que la continuación de El resplandor era casi inevitable, pero antes de leer Doctor Sueño la idea podía parecer un sacrilegio, aunque lo cometiera el mismo autor. Pero la coherencia que King despliega en la sucesión de acontecimientos que a un ritmo vertiginoso se desarrollan en la novela, también protege la continuidad en la saga de los Torrance. Además, los admiradores de King podrán encontrar muchos más referentes que no solo enriquecen la lectura, sino que dan solidez a un mundo muy personal. 





No hace falta decir que King maneja todos los recursos de la narración adictiva con una solvencia digna no solo de admiración, sino de estudio. Pero en Doctor Sueño destaca su habilidad para crear verosimilitud en un mundo sobrenatural. Porque muchas de las cosas que suceden en el libro no solo son extraordinarios, sino que objetivamente podrían pasar por disparates. Y, sin embargo, King se las arregla para que todo tenga sentido, para que nada chirríe ni se desmadre.

Desde luego, también hay terror, un horror genuino y perturbador. Y no conseguido a través de trucos espectaculares, sino que King consigue transmitir pánico porque realmente sus personajes nos importan, porque tememos por ellos y lo que le pueda pasar. El mal presentado en la novela es implacable y a la vez muy real, pero el bien lo es todavía más. Porque King no es un autor que se deje atrapar por el hechizo de la perversión: él tiene claro de qué lado está. Lo suyo le ha costado.

Editorial Hodder & Stoughton
Edición en castellano en Plaza & Janés

Libros para todos  

martes, 16 de diciembre de 2014

La cultura, de Dietrich Schwanitz


De un libro tan particular como La cultura, cuyo subtítulo “todo lo que hay que saber” ya da una idea de sus ambiciones, lo primero que llama la atención es que siendo su autor, Dietrich Schwanitz, alemán, el humor esté presente en cada una de sus páginas. Y si podría parecer que este comentario cae en el tópico, recordemos que Schwanitz no tiene empacho a la hora de recurrir a los estereotipos nacionales más locos. Así, para él “el pueblo vasco se ha dado a conocer por su peculiar boina y por al organización terrorista ETA”, o los españoles “nunca salen a pasear vestidos de cualquier forma, por ejemplo con pantalón corto y sandalias u otras prendas de mal gusto, sino siempre vestidos elegantemente”. Si tan solo fuera verdad.

Lo que no queda muy claro es la intención de Schwanitz con este libro. Porque si en apariencia podría pasar por una guía para jóvenes con interés por introducirse en el mundo de la cultura, en realidad queda la sensación de que se trata de un manual para comportarse en sociedad. En muchos apartados parece que a Schwanitz no le interesan otros valores de la cultura más que el no quedar como un tonto o el saber mantener una conversación. Nada de formación personal o de la satisfacción que provoca el arte por sí mismo: todo es cuestión de alardear.

La primera parte del libro es un rápido vistazo a la historia de Occidente. A un estudio que dedica una página al feudalismo no se le puede exigir profundidad ni cuidado por los matices, y en cualquier caso la narración de Schwanitz es fluida y comprensible en su esquematismo. Pero lo que sí es reprochable es su inexactitud, pues abundan los errores en datos básicos que, después de la multitud de reediciones que ha tenido el libro, deberían haber sido corregidos.

Tras este repaso a la velocidad de la luz de la historia europea, Schwanitz se centra en las grandes obras de la literatura de los últimos 700 años. A la fuerza la selección es arbitraria y reducida, pero no está mal como lista de libros que toda persona culta debería haber leído... o al menos poder simular que ha leído. Pero cuando Schwanitz pasa a hablar de teatro, parece volverse loco e introduce un diálogo entre seis dramaturgos del siglo XX que es puro disparate (intencionado, eso sí).





Como si el resumen histórico hubiera dejado exhausto a Schwanitz, a la hora de hablar de arte se disfraza de guía de museo y va acompañando al lector por las salas de los diferentes movimientos artísticos sin dar respiro. Como buen alemán, da lo mejor de sí mismo cuando se detiene a hablar de música, y lo hace de una manera accesible a la persona más ignorante, pero de forma muy sugerente.

Schwanitz era filólogo, pero si no tenía reparos a la hora de dar lecciones de historia, tampoco se iba a detener ante el reto de explicar filosofía, ni tan siquiera ante la confuxión que plantean algunos de los pensadores más herméticos (y disparatados, todo hay que decirlo) del siglo XX, como Heidegger, Foucault o Derrida. Sin embargo, ante la ciencia si parece tener más reparos y apenas apunta algunas ideas muy generales.

En la segunda parte del libro es cuando Schwanitz explicita de una manera más abierta su intención de convertir en libro en un compendio de reglas para poder moverse en sociedad sin parecer inculto. Aquí se expresa la verdadera filosofía del autor, pero queda en manos del lector hacer uso de ella. O bien se toma el libro como una introducción que abre caminos al saber, o como un simple atajo para aparentar lo que no se es.

Editorial Taurus
Traducción de Vicente Gómez Ibáñez

viernes, 12 de diciembre de 2014

El Secreto de las Fiestas, de Francisco Casavella


El Secreto de las Fiestas lo tiene todo para convertirse en una novela de culto. Porque si en apariencia puede pasar por una novela juvenil más, de esas con adolescentes que se sienten raros, en realidad es un prodigio en el que Francisco Casavella puso lo mejor de sí mismo. No es de extrañar que, partiendo de una primera versión más convencional, quisiera darle un nuevo toque. Al igual que el propio lector, el autor se dio cuenta del material explosivo que tenía entre manos, y vaya que no desaprovechó la oportunidad.

Por supuesto, lo primero que habría que destacar es el humor. Los hallazgos cómicos son constantes y de una irreverencia liberadora. Daniel, el chico que nunca sonríe, y mucho menos es capaz de reírse, sin embargo tiene el don de provocar carcajadas continuas. Su visión de la realidad está tan distorsionada que cuando intenta reflejarla provoca un absurdo irresistible. No es casualidad que en algún momento su padre le compare con Buster Keaton: comparte con este genio la misma impasibilidad ante todo lo que le rodea, y así multiplica el efecto cómico. 




Daniel, el raro, el gallego, tiene una voz tan personal como identificable. A lo largo de las páginas del libro va descubriendo el mundo como si nadie antes que él hubiera pasado por esos hitos que marcan el carácter y el destino. Su expresividad es ya de por sí todo un logro. Casavella le dota de una verborrea dinámica y brillante, que sin embargo no suena impostada. El lector atento descubrirá multitud de claves y referencias casi ocultas, que transforman una novela de formación en una experiencia única.

Sería fácil buscar parecidos con personajes míticos de la literatura adolescente, como Holden Caulfield, o quedarse en la evocación de un periodo (finales de los 70) y unos lugares (la Barcelona “moderna”), pero El Secreto de las Fiestas no es una novela limitada por sus referentes. Es una obra tan personal que nos parece ver a Casavella mucho más allá de su breve cameo. Y cuando un autor sabe contar una historia que tiene tan dentro, sin necesidad de que haya en ella atisbo alguno de autobiografía, es capaz de escribir un libro que no pasará de moda.

Editorial Debolsillo

jueves, 11 de diciembre de 2014

La gloria de mi padre, de Marcel Pagnol


Marcel Pagnol merece un capítulo propio en la historia del cine francés. No solo fue uno de los pioneros del cine sonoro, sino que desde sus estudios en Marsella desarrolló una carrera totalmente personal alejada de cualquier moda o imposición comercial. Sus películas podrían ser acusadas hoy de “teatrales”, pero en su época no solo tuvieron un gran éxito de público, sino que el prestigio de Pagnol fue tal que se convirtió en el primer cineasta en llegar a inmortal, es decir, miembro de la Academia francesa.

En la actualidad algunos creadores intentan reivindicar su legado, como Daniel Auteuil, quien en su doble papel de actor y director ha vuelto a filmar la trilogía más famosa de Pagnol. Pero quizá un buen medio de acercarse a su obra sería a través de sus memorias. Convertidas en Francia en uno de esos libros escolares de referencia, en ellas no solo se encuentra la pureza de un francés claro y directo, sino que consigue retratar un tiempo ya pasado de manera no sentimental, pero sí decididamente evocadora




Aunque el título de La gloria de mi padre y el prólogo parecen anunciar una biografía paterna, en realidad Pagnol se centra en su propia infancia, en la que, como no podía ser de otra manera, su padre ocupa un lugar central. Joseph Pagnol (como su propio nombre indica, descendiente de españoles) era un maestro republicano que a ojos de su hijo Marcel representaba todo lo que de bueno tiene el ser humano. Era tan perfecto jugando a la petanca como discutiendo de cualquier tema, lid en la que siempre salía vencedor.

Con la región de Marsella siempre como espacio de nostalgia, en la segunda parte del libro Pagnol se centra en los preparativos y la realización de una excursión de caza. En cierto momento parece que su padre va a dejar de ser ese superhombre con el que Marcel le identifica para verse disminuido a la condición de derrotado. Pero si no la realidad, la mirada del hijo y el paso del tiempo transforman la debacle en gloria incontestable. Y así acaba la primera parte de una trilogía que, por el contrario, todavía no ha terminado.

Editorial Presses Pocket
Edición en castellano en Rialp

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Reinos desaparecidos, de Norman Davies


Aunque nunca lo admitirían, la mayoría de los historiadores tienen una concepción determinista de su disciplina. Así, a la hora de estudiar el pasado de una nación no pueden abstraerse de lo que se percibe como la culminación de un largo proceso histórico, y sucesos a menudo fortuitos son interpretados como ineluctables. Sin ir más lejos, España pudo haber desaparecido en un momento de máxima debilidad como el que sufrió en el siglo XIX, pero nadie estuvo demasiado interesado en que así sucediera.

Norman Davies trata en Reinos desaparecidos esos países que, tras una existencia más o menos gloriosa, sí que sucumbieron al paso del tiempo. Ya fuera por motivos externos o internos, reinos que parecían inmarcesibles acabaron esfumándose. Y es que, si Esparta y Roma sucumbieron, ¿quién puede sentirse a salvo? Pero la visión de Davies no es dramática, son cosas que pasan. Desde su perspectiva, la desaparición del Reino Unido tal y como hoy lo conocemos, además de inevitable, no tiene nada de trágico.

Pero es que Davies es un historiador fuera de lo común. Con una formación universal, abomina de la superespecialización que ha acabado convirtiendo la Historia en un reino de taifas en el que hay expertos para todo, pero pocos maestros con un conocimiento lo suficientemente amplio para proporcionar una visión general. Reinos desaparecidos abarca nada menos que 2000 años de la historia de Europa, y además se ocupa de lugares y periodos olvidados no ya por el aficionado común, sino por la Historia oficial.




Davies puede centrarse tanto en gigantes decadentes, caso del imperio bizantino, o de lo que se podría ver como excentricidades históricas, ejemplificadas en la república de Rutenia, que duro un solo día. Su estudio atiende tanto a una visión holística como a la narración más anecdótica. Sus conocimientos parecen no tener fin, y es capaz de deslumbrar al lector tanto describiendo el proceso por el que caen los grandes imperios como reproduciendo chistes muy reveladores de una determinada sociedad.

Puede haber lectores que se enojen al comprobar la magnitud de su desconocimiento (¿cómo es posible que ni tan siquiera hubiera oído hablar de la Etruria napoleónica?), pero sin duda lo más beneficioso es disfrutar de este reguero de historias, no tan solo por lo que tienen de referentes, sino por el más puro sentido del placer. No hace falta buscar en los reinos de la imaginación para encontrar historias fascinantes e imposibles.

Editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Traducción de Joan Fontcuberta y Joan Ferrarons

jueves, 4 de diciembre de 2014

La flecha del tiempo, de Martin Amis


Es incuestionable que La flecha del tiempo es un prodigio de técnica narrativa, pero ¿alcanza realmente los límites a los que apunta su ambición? Porque Martin Amis podría haberse conformado con utilizar el recurso de contar una historia hacia atrás a través de una historia banal, y sin embargo decidió centrarse en la figura de un médico nazi, por lo que su pretensión moral va mucho más allá del mero juego literario.

Lo cierto es que gran parte de la novela no está directamente relacionada con su tema profundo y solo cuando el lector conoce el pasado de su protagonista cobra sentido el conjunto. Pero en esa primera parte predomina la vertiente cómica, la sorpresa ante una situación incomprensible y reiterativa, los trucos pirotécnicos de estilo. Algunas ideas son realmente redondas, como esos diálogos que se pueden leer hacia delante o hacia atrás, mientras que en otras ocasiones Amis parece demasiado satisfecho de su propia invención.




Un recurso especialmente problemático es el del punto de vista. No sé sabe muy bien si el narrador es la conciencia de su protagonista, su alma o simplemente un método que Amis se saca de la manga para poder contar la historia desde la perspectiva de alguien que cree que el mundo funciona marcha atrás. Es sin duda una solución brillante y que da mucho juego, pero también es cierto que por momentos flaquea en coherencia.

A la espera de su nueva novela, en la que vuelve a los campos de concentración nazis, Amis ha demostrado moverse con habilidad en el resbaladizo terreno de aplicar humor a temas que no tienen ninguna gracia. En la parte final de La flecha del tiempo, cuando la confrontación entre lo que ve el narrador y lo que realmente está sucediendo llega a su paroxismo, lo que el autor busca ante todo es poner en evidencia un absurdo, pero quizá no haría falta ser tan retorcido para llegar a esa conclusión.

Editorial Vintage
Edición en castellano en Anagrama

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El final de Sancho Panza y otras suertes, de Andrés Trapiello


En una de las últimas entradas de su blog, Andrés Trapiello decía que “la ficción puede constituirse en hecho, pero los hechos no son una ficción”, que podría ser una explicación de la cita de Dickens con la que se abre El final de Sancho Panza y otras suertes: hechos, solo hechos. Porque ningún libro como El Quijote para demostrar el poder tangible de la literatura. Cervantes no solo descubrió una nueva forma de escribir y leer, sino que después de El Quijote la misma realidad cambió: ya no es posible ver el mundo de la misma manera.

Por eso el salto mortal que Trapiello inició con Al morir don Quijote y que continúa con El final de Sancho Panza es triple. No es tan solo rescatar los personajes ideados por Cervantes y darles una nueva vida, sino que el autor se adentra en el peligroso campo de la metaficción y, quizá lo más difícil, tiene que situarse a al misma altura moral que Cervantes. Y es que la idea puede sonar artificiosa, pero cuando reconocemos el humanismo cervantino intacto en las páginas escritas por Trapiello, tenemos que valorar no solo el logro artístico, deslumbrante, sino el más importante todavía reivindicación del humanismo.




Por ejemplo, la escena en la que Sancho se despide de su rucio, cuyo nombre ahora sabemos que era Almanzor, es de una ternura, de una sensibilidad, que pone de relieve no solo el alma pura de Sancho, sino la bonhomía del autor. Pero este es solo uno de los múltiples episodios que abarrotan la novela, desbordante de este sentimiento de nobleza, en la que sus héroes siempre hacen lo que tienen que hacer, transformándose en modelo de comportamiento. Hay tantos gestos hermosos, tanta generosidad, que el lector no puede evitar conmoverse ante la suerte de los protagonistas.

Por otro lado, también hay que valorar la exuberancia literaria de El final de Sancho Panza. Al igual que ese Nuevo Mundo sorprendente y desmesurado en el que la vida tiene algo de realismo mágico, la escritura de Trapiello es desbordante y colorida. Ya es conocida la maestría de Trapiello, también de herencia cervantina, en mezclar un estilo elevado, de una riqueza expresiva apabullante (no es raro encontrar en una frase tres palabras de significado ignoto), con un tono sencillo, del que escribe como se habla. Porque, como en Azorín, aunque no se conozcan las palabras, el sentido es claro.

Editorial Destino

martes, 2 de diciembre de 2014

Diario del año de la peste, de Daniel Defoe


El hecho de que Diario del año de la peste mantenga su popularidad casi 300 años después de su publicación se debe a la multitud de lecturas diferentes que contiene. En una época en la que el concepto de novela todavía no estaba del todo definido, Daniel Defoe se adelantó a muchos experimentos posteriores y legó una obra que es muchos libros en uno.

Como dice Anthony Burgess en su magnífico prólogo, este Diario se puede leer como un libro de historia. Cierto que Defoe lo escribió más de 50 años después de que la plaga diezmara Londres, por lo que su conocimiento de primera mano era escaso, y que se ocultó detrás de unas misteriosas iniciales para narrar lo sucedido, pero la impresión que tiene el lector no es la de estar ante una invención. La abundancia de datos, los testimonios registrados y un sentimiento que no se puede falsear atestiguan su veracidad.




Pero el libro también se puede leer como un estudio sociológico. Las diferentes reacciones de la gente ante la propagación de la peste, que, como se suele decir, sacó lo mejor y lo peor del ser humano, las relaciones de clase, el refugio en la religión, la extensión de las supersticiones o las maneras de sobrevivir configuran un panorama completo de la sociedad inglesa del siglo XVII que no sería muy difícil trasladar a la actualidad.

Aunque, como también señala Burgess, el Diario de Defoe se diferencia de La peste de Camus en que no se trata de una alegoría. Aquí todo lo que se cuenta es real, con una escrupulosidad admirable. Como todo libro que ha sobrevivido al paso del tiempo, este está escrito con llaneza, sin más pretensiones que contar una buena historia de manera accesible. Y puede que el estilo de Defoe sea algo farragoso y que la parte final caiga en redundancias, pero su viveza permanece.

Editorial Alba
Traducción de Carlos Pujol

jueves, 27 de noviembre de 2014

Niveles de vida, de Julian Barnes


Parece que Julian Barnes ha llegado a un punto en su trayectoria como escritor en la que ya se siente libre para hacer lo que quiera. Solo así se explica un libro tan heterogéneo, valiente y sincero como Niveles de vida. Si las dos primeras partes son historias ligeras, agradables, sobre la relación de Nadar y Sarah Bernhardt con los globos aerostáticos (!), el último capítulo, en el cambia totalmente el tono, es un lamento de Barnes por la muerte de su mujer, Pat Kavanagh.

A menudo se ha querido rebajar la categoría de Barnes calificándolo como humorista (como si esto fuera poco, de todas maneras), pero ha sido precisamente este escritor “cómico” quien en sus últimos libros ha roto la barrera de la ironía que siempre ha limitado la literatura inglesa. En Nada que temer ya trataba de manera abierta un tema tan espinoso como el de la muerte y nuestra relación cotidiana con ella. Y en El sentido de un final se preguntaba explícitamente sobre la incapacidad de la literatura inglesa por tomarse nada en serio. Ahora, en Niveles de vida, a Barnes ya no le preocupa parecer sentimental o protegerse tras un distanciamiento impostado: el dolor no tiene nada de gracioso.



En sus relatos sobre Nadar y Bernhardt Barnes demuestra que todavía tiene el pulso de sus mejores momentos. Su escritura es grácil, sabe combinar la anécdota más intrascendente (pero colorida) con la reflexión más aguda. Casi como si fuera una narración cinematográfica, las historias avanzan a través de imágenes de un gran poder evocador y tienen una estructura cerrada, propiciando unas conclusiones que van más allá de lo expuesto. La suma de una imagen y una idea da como resultado algo más que un entretenimiento.

Pero es en la parte final en la que Barnes da lo mejor de sí mismo. No solo hay que tener su talento como escritor, sino que también hace falta el arrojo para confesarse de una manera tan abierta, tan implacable como hace Barnes. Su declaración de amor incondicional solo está a la altura de la asunción de su derrota vital, que ha aprendido a sobrellevar, pero sin resignarse al olvido. Pocas veces hemos leído unas páginas tan descarnadas, tan tristes y a la vez emocionantes. Desde hace mucho tiempo Barnes ha sido uno de los autores más cercanos a nosotros, y este libro permanecerá siempre a nuestro lado.

Editorial Anagrama
Traducción de Jaime Zulaika

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La fiesta de la insignificancia, de Milan Kundera


El regreso después de casi quince años de un autor al que hemos admirado tanto como Milan Kundera provoca sensaciones encontradas en el lector. Por una parte siempre se recibe con ilusión la noticia de un nuevo libro de un maestro de la literatura, con esperanzas de que esté a la altura de sus mejores obras. Pero por otro lado, y más con el recuerdo de la insatisfacción que causó su anterior novela, también se produce el temor de que La fiesta de la insignificancia sea una decepción.

Mientras se lee el libro, lo cierto es que esta dualidad permanece en cierto grado. Porque La fiesta de la ignorancia es un libro que se lee con alegría, en el que se encuentran esos hallazgos deslumbrantes que caracterizan a Kundera, en el que reconocemos la escritura reposada y cautivadora del autor. Pero también es pertinente preguntarse si este libro era necesario, si aporta algo a la obra de su autor.




Y la respuesta es: qué más da. Sí, porque si nos atenemos a la “filosofía” del libro, lo importante no es la ambición de trascendencia, siempre un poco ridícula, sino la comprensión de las propias limitaciones, el no tomarse los grandes temas demasiado en serio bajo la amenaza de caer en la pomposidad. Pero, ojo, tampoco hay que dejarse llevar por la superficialidad. El secreto está en detectar las cosas que realmente merecen la pena.

Amor, amistad, familia. Sí, la historia de siempre. La que fue y la que será. Así se puede disfrutar La fiesta de la insignificancia. Como un juego íntimo en el que todos nos conocemos, en el que debemos seguir las reglas, pero solo hasta cierto punto. Y es en ese momento de transgresión en el que encontramos la verdadera gracia, la de un autor que ya no necesita demostrar nada a nadie y que confía en unos lectores igualmente liberados.

Editorial Tusquets
Traducción de Beatriz de Moura


martes, 25 de noviembre de 2014

Vidas de hojalata, de Paul Harding


La historia de Paul Harding es uno de esos milagros que despiertan los anhelos de muchos aspirantes a escritores que ven en él la posibilidad de ver cumplidos sus sueños. Tras publicar Vidas de hojalata de manera casi clandestina, la resonancia del libro poco a poco fue expandiéndose hasta el punto de que ganó el Pulitzer y hoy Harding es un autor admirado y prestigioso. Pero si se trata de un caso extraordinario, desde luego no es pura suerte.

Vidas de hojalata es un libro difícil, en el que se combinan múltiples perspectivas y tiempos narrativos. Pero lo más chocante es la descripción que hace Harding de un mundo alucinado en el que el realismo más tradicional se ve completado por sucesos sin aparente explicación lógica, pero perfectamente integrados. Los continuos saltos narrativos hacen que la historia se complique y el lector vaya dando pasos inciertos, pero es más, en ningún momento el lector puede estar seguro de que lo que le están contando sea cierto o una invención.




Aunque solo en algunos momentos la narración pase a la primera persona, está claro que todo se cuenta desde el punto de vista de George en sus últimos días de vida, cuando los recuerdos de su padre y de su infancia se entremezclan con su propia experiencia. Estas rememoraciones, no solo están enturbiadas por el paso del tiempo, sino que también se mezcladas con las fantasías propiciadas por la enfermedad, lo que sitúa el relato en el terreno de la fábula.

Pese a ser la primera novela de Harding, este despliega todo tipo de recursos narrativos, muy en la estela de Faulkner. No está dispuesto a ponerle las cosas fáciles al lector, que tendrá que completar los vacíos del relato y dar un sentido a lo que en apariencia es un mundo caótico. Pero no se trata de un espectacular despliegue de habilidades narrativas sin fondo. Lo más importante es que este mundo sí tiene un sentido, pero hay que encontrárselo.

Editorial RBA
Traducción de Jordi Martín Lloret

lunes, 24 de noviembre de 2014

Mis páginas preferidas, de Ramón Menéndez Pidal


Una obra tan extensa y variada como la de Ramón Menéndez Pidal puede provocar recelos precisamente por su abrumadora prolijidad. Por eso, un libro de las características de Mis páginas preferidas, en el que el propio autor selecciona algunos escritos especialmente relevantes para él, supone una extraordinaria oportunidad para iniciarse en la obra de uno de los grandes sabios españoles del siglo XX.

Incluso en un libro con las limitaciones de Mis páginas preferidas queda patente la amplitud de conocimientos que poseía el maestro Menéndez Pidal. Aquí encontraremos eruditas consideraciones literarias, sagaces apuntes filológicos y hasta su muy personal visión histórica. El tiempo ha podido matizar algunas de sus ideas, pero la claridad de su castellano y su estilo, que aunque en muchos casos está dirigido a expertos es llano y comprensible, permanece inalterable.

Quizá actualmente se recuerda a Menéndez Pidal sobre todo por su perfil medievalista, y en los primeros artículos del libro demuestra el por qué de esta fama. Sus estudios sobre épica y romances no solo clarifican un tema especialmente oscuro y hasta entonces relegado, sino que son fascinantes en sí mismos, como cuando se centra en la leyenda de la condesa traidora y construye un absorbente relato de investigación.




Pero los dominios de RMP no se limitaban a la Edad Media, como demuestra en sus agudos análisis sobre Santa Teresa de Jesús, Cervantes o Lope de Vega. No hay controversia en la que el autor no participe, siempre aportando un punto de vista formado y unas pruebas que van más allá de la especulación para sustentar una posición que puede parecer excéntrica para finalmente ocupar un lugar predominante.

Curiosamente es al apartado filológico al que menor espacio reserva RMP en estas páginas preferidas, quizá por ser este el terreno más especializado. Pero aún así incluye algún artículo de sumo interés y todavía hoy de total actualidad, como puede ser las diferencias entre el español hablado a ambos lados del Atlántico y su posible transformación en dos idiomas diferentes con el paso del tiempo.

Pero la sección más discutible del libro es la que Menéndez Pidal dedica a la historia de España. Su visión nacionalista ha quedado hoy totalmente desfasada, y aunque es innegable su solidez argumentativa y muy valorable su sujeción a fuentes primarias, sus interpretaciones no se pueden leer hoy con la misma seriedad. Lo que no impide que el último de los textos recogidos, titulado explícitamente Las dos Españas y escrito en 1947, sea un ejemplo de su valor intelectual y personal. Menéndez Pidal era un católico liberal que como muchas otras personas se vio en medio de un fuego cruzado que devastó España. Desde su posición moderada, ya en una época tan temprana defendió la necesidad de una tolerancia mutua que permitiera hacer progresar el país y dejará atrás su secular división. En este caso, sus palabras sí que mantienen plena vigencia.

Editorial Gredos