lunes, 11 de agosto de 2014

Al diablo con Picasso, de Paul Johnson


En la introducción a Al diablo con Picasso, recopilación de sus artículos de principios de los años 90, Paul Johnson incluye algunos útiles consejos sobre cómo escribir una buena columna. Lo que no dice es que para un lector es sano frecuentar a columnistas que expresen opiniones contrarias a las suyas y que le permitan reflexionar sobre ideas que daba por asumidas. Es probable que la discrepancia se mantenga, pero al menos le servirá para contrastar con puntos de vista dispares y que se plantee la posibilidad de estar equivocado. Como mínimo, y este sí es uno de los consejos de Johnson, habrá aprendido algo.

Por ejemplo, el primer artículo de la colección expresa una postura poco concurrida: la generalización de la universidad ha sido una catástrofe que ha provocado una masa de jóvenes improductivos que, para más inri, poco aprenden en estos “templos de saber” y que además pueden convertirse en máquinas ideologizadas debido a la labor proselitista de los profesores. Esta será solo la puerta de entrada a una sucesión de críticas que abarcan desde el arte moderno a la impostura de lo políticamente correcto, dictaduras que Johnson detesta y que ataca con ironía y saña.




Porque Johnson es lo que se entiende por un conservador arquetípico (y eso porque es inglés, en España tendría otro calificativo). Es xenófobo (no hay nada que odie más que a los franceses, con la posible excepción de los ecologistas), homófobo (aunque no misógino, quizá porque para él ambas condiciones son incompatibles) y chovinista (el mundo se divide entre Inglaterra y los bárbaros). En un autor como Chesterton, profundamente admirado por Johnson, podemos justificar algunas de sus boutades diciendo que en su época la gente pensaba de manera diferente, pero ha pasado muy poco tiempo para que algunas de las expresiones de Johnson no nos sigan pareciendo repugnantes.

A menudo las columnas de Johnson son genuinamente divertidas, llenas de ingenio y con una gran inventiva a la hora de atacar a sus enemigos. Pero en otras ocasiones el autor parece una parodia de sí mismo, de esa imagen que tenemos del recalcitrante conservador británico, cascarrabias e incapaz de ver más allá de sus narices, quizá todavía deprimido por la salida del poder de Margaret Thatcher. En cualquier caso, Johnson sabe mucho de muchas cosas (aunque no exhibe sus conocimientos con pomposidad), y junto a él podemos pasar grandes momentos. Y cuando ya no soportamos otra imprecación campanuda, lo tenemos fácil: seguro que el siguiente artículo nos reconciliará.

Javier Vergara Editores
Traducción de Carlos Gardini

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