martes, 30 de septiembre de 2014

Espíritu festivo, de Robertson Davies


En otras ocasiones hemos hablado del carácter atemporal de la escritura de Robertson Davies, pero en Espíritu festivo se detecta más claramente que nunca su legado victoriano. Los relatos aquí incluidos, aunque desarrollados en el Canadá de los años 60 y 70, tienen un aire inequívocamente decimonónico y evocan momentos idílicos de lectura, con chimenea y mantita incluidos. Hasta tal punto el estilo de Davies es sugerente que el lector tendrá que poner poco de su parte para adentrarse en este mundo de fantasía en el que entablar conversación con el fantasma de Jorge IV es lo más normal del mundo.

Y sin embargo los cuentos de Espíritu festivo no fueron pensados para ser leídos en la comodidad del hogar, sino que eran una tradición de las reuniones navideñas del Massey College, en las que Davies agasajaba a los invitados con sus relatos de fantasmas. Estaban, pues, concebidos para ser leídos en voz alta, y preferiblemente ante un público reducido, como los mejores cuentos de terror. Pero lo cierto es que no notamos ninguna pérdida: no se trata de historias para asustar, sino para divertir, y bien que nos lo pasamos.




El tono de Davies es siempre irónico, pero mantiene el respeto debido a sus modelos. Puede que sus apariciones no nos den miedo y sí bastante regocijo, pero es el propio Davies quien se sitúa en el centro de la broma. Ya aparezca como sabio que todo lo sabe o como cansado anciano harto de tantas apariciones, Davies en todo momento mantiene una postura bienhumorada y feliz. Incluso las referencias a la historia de Canadá, que nos pillan un poco lejos, o los guiños personales, que solo podemos adivinar, dan colorido a unas historias que son como tragos de ponche: entran fácil y alegran el momento.

También es curioso que algunos de los relatos, pese a situarse en el terreno de la creación especulativa, no solo sean capaces de reflejar un momento preciso de la historia (con los movimientos estudiantiles como un motivo más de chanza para el socarrón Davies), sino que podemos hacer una fácil traslación a nuestro país ahora mismo, como en Los peligros del signo doble (!), donde un aprendiz de brujo (literal (!)) de inclinaciones separatistas libera al diablo y se ve superado por los acontecimientos.

Editorial Libros del Asteroide
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

lunes, 29 de septiembre de 2014

El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós


Uno de esos lugares comunes acerca de la literatura que no por tópicos dejan de repetirse (ni de ser ciertos) habla de autores que siempre escriben el mismo libro. Sin embargo, también se da el caso de escritores que, pese a tener una obra inconmensurable, tienen la capacidad de sorprender al lector en cada una de sus entregas. Este es el caso de Benito Pérez Galdós. Si al leer La incógnita descubrimos en él a un pionero de la novela detectivesca en castellano, en El caballero encantado Galdós enriquece su imagen de maestro de la novela realista al concebir un libro fantástico, en todos los sentidos.

Es cierto que en la última serie de sus Episodios Nacionales Galdós había experimentado con métodos narrativos más simbólicos y fantasiosos, pero una novela como El caballero encantado va más allá de lo que la imagen habitual que tenemos de este autor nos dejaría imaginar. Hay encantamientos, transfiguraciones, incluso batallas con gigantes. Efectivamente, el influjo del Quijote, siempre presente en su obra, se manifiesta aquí en su vertiente más irreal (incluso se recurre al manuscrito perdido como fuente de la obra).




El personaje, por llamarlo de alguna manera, más singular del relato es la Madre, algo así como la encarnación del espíritu nacional. Esa madre dolorosa que hoy en día se puede interpretar con la misma pertinencia. Si el relato de la España de principios del siglo XX nos suena inquietantemente familiar, esta madre que pone a cada uno en su sitio y da lecciones de moral no es solo un artificio del genio literario, sino algo que nos es totalmente ajeno, por continuar con el estilo metafórico.

A El caballero encantado se le podrían achacar algunas debilidades estructurales y cierta gratuidad en los sucesos, pero hay que leerlo como suponemos que lo escribió Galdós: como un capricho, un disparate que no hay que tomarse demasiado en serio, pero que proporciona agradables momentos de lectura. Además, como no podía ser de otra manera, el libro está escrito con el insuperable estilo galdosiano, prodigioso en los diálogos y con una sobrenatural capacidad inventiva y para la frase redonda.

Editorial Akal

jueves, 25 de septiembre de 2014

Necesito dirección

Por aquí, Andrés.

Un relámpago le deslumbró y vio el mapa. Miró hacia atrás en busca de la voz. Grave error. Al girar la cabeza su posición había perdido el punto de fuga. Se topó con sus ojos. Unos ojos que expresaban desolación. Bueno, desolación, desolación, tampoco exageres, cierto extravío. En cualquier caso, unos ojos que imploraban guía. Durante unos segundos una película pasó por tu mente. Y era un largometraje. Recordaste aquella primera vez, cuando una señora de acento extraño te preguntó por la zapatería. Sí, llevaba un vestido de lunares. O por lo menos así empecé a verla cuando recordaba el incidente. Qué casualidad, mi madre acaba de entrar y yo he doblado la calle para explorar mundo, pero no demasiado, no conozco el barrio y esto es otro mundo. Sí, conozco la zapatería, está justo ahí. Te das cuenta de la equivocación nada más el agradecimiento ha salido de la boca de la mujer. Un agradecimiento de exótica melodía. Los lunares ya se dirigen a su falso destino. Ahora apenas son puntos. Qué vergüenza. Qué pensará esa señora extranjera de unos nativos que la engañan por pura maldad. Hasta los niños son unos maleantes. Pero no puedo levantar la voz y admitir mi fallo. La vergüenza ahoga mi garganta. Se da la vuelta apresuradamente y ruega que su madre salga enseguida, antes de que la mujer de acento extraño y vestido de lunares rectifique las coordenadas y le reproche su mala conducta.

¿Va todo bien?

Nada pasa. Sus temores de ser abandonado en medio del bosque para probar su propia medicina no llegan a cumplirse. Aunque quizá no le habría venido mal. Así aprenderás. En cambio, la mala experiencia no le abandonará nunca. Otra vez con las hipérboles. Lo peor es que volvemos a repetir la misma escena en incontables ocasiones. Habrá cambios de escenario y de vestuario, pero el libreto es prácticamente el mismo. También algunos momentos de respiro. Como si las cosas pudieran ser diferentes. Cerca de donde trabajamos hay un centro de salud escondido tras una fachada de palacio decadente. La gente se pierde por las intrincadas calles del centro y recurre una y otra vez a ese fumador indolente que no tiene otra cosa mejor que hacer que señalar la consulta. Hace experimentos. Cuántas veces le preguntan por semana. En una ocasión incluso me quedé después de trabajar rondando por la plaza para saber cuánto tardaría la primera persona en acercarse a preguntar. Urgencias. Anoto el dato. Servicio público. Unos días después, repito. Se convierte en costumbre. La vez en que se vieron atraídos hacia mí en menos tiempo fue de récord total: dos caladas. También es verdad que otro día tuve que rendirme después de pasearme durante cerca de una hora sin que nadie se aproximara. Mientes. Uno te pidió tabaco.

¿Está listo? Voy a entrar.

Te resistías a caer en las metáforas. Ni hormiguero, ni laberinto, ni vida. Pero había un sitio en el que siempre te sentías como un extraterrestre. O como un recurso retórico. El metro está hecho por seres malignos que quieren confundir a las pobres personas de bien y trastornarlas. El infierno, si no fuera una imagen tan facilona. Cada vez que te metías dentro del túnel te santiguabas, aunque fuera, esta vez sí, metafóricamente. Aquí entro pero nunca sé si podré salir. Es como las bocas, ¿cuál será mejor? O colocarse en el andén para estar mejor situado. Sacar codos, no dejar que entren antes de salir. Pero todo eso venía después. Primero, el plan. Empaparse del plano, establecer conexiones, saltarse las trampas. Esas paradas falsas. Te indican que aquí hay una estación pero es mentira, luego viene una sucesión interminable de pasillos, atravesar más andenes, subir escaleras para después bajarla, cruzarse con individuos tan desesperados como tú que creen que jamás volverán a ver la luz del sol. Los colores y los número se mezclan hasta formar un universo amorfo y sin sentido. Y luego te dicen que no uses metáforas. Que la vida es otra cosa.

Ya todo está bien. Agárrese a mí.

La satisfacción que siente al dar ocasionalmente una información precisa no alivia el remordimiento: el centro está lleno de turistas. Y pese a mapas y gepeeses, la inveterada costumbre de preguntar al nativo no ha sido erradicada. Es superior a tus fuerzas. Cada vez que te examinan sobre un emplazamiento, tienes que decir, sí, por ahí, lo sepas o no. Y da igual que lo sepas, porque la mitad de las veces sigues equivocándote. Mover a equívoco. No es con mala intención, lo sabes, pero también podrías callarte y no lo haces. Dedicas muchas de tus sesiones de autoanálisis a intentar comprender esta desviación, por así decirlo. Durante un tiempo pasas una hora al día reflexionando. Intentas no pensar en nada, pero siempre te ves a ti mismo en un laberinto. Y no salgo hasta que no abro los ojos. Hacemos propósitos de enmienda que nunca cumplimos. En los momentos de mayor neurosis te figuras una ciudad repleta de turistas errantes que han perdido todo contacto con sus seres queridos. Te los imaginas vagando por las dedálicas callejuelas del casco antiguo sin encontrar una salida. Y te hace gracia. Y eso luego te hace sentir peor. Y tomo la determinación de no volver a hacerlo nunca jamás. Lo siento, no hablo su idioma. Lo siento, no soy de aquí. Lo siento, no me suena. Es así de fácil. Una vez, recuerdo, estaba en una ciudad extranjera. Nunca había preguntado por una dirección. Aprendía mapas de memoria, dibujaba mis propias indicaciones, daba vueltas una y otra vez. Detenerse, jamás. Pero en aquella ocasión íbamos juntos e insististe en pararnos en el banco para consultar el plano. Maldita manía de construir ciudades-trampa. Maldita amabilidad anglosajona. Fue ella la que se paró. Preguntó si podía ayudar. Dijiste que sí, que gracias, que dónde estaba aquello. Sonrisa. No hay pérdida. Y no la hubo, estaba allí mismo. Pero eso fue después, ¿no te acuerdas?

No se preocupe, Andrés. No pasa nada.

El relámpago. Pasan los dos segundos y ya la tienes delante de ti, con el mapa en la mano y la pregunta en la boca. Pasan otros dos segundos de dilatación. Toda mi vida pasará por delante. Mejor, por detrás. Vaya, yo también voy hacia allí, ¿quieres que te acompañe? Es tan fácil. Como si ya nos conociéramos. Ella se excusa por su torpeza. Siempre me estoy perdiendo. No te preocupes, no tiene pérdida. Sí, nos conocimos de una manera muy curiosa. Seguro que te lo he contado miles de veces. Jaja, cada vez que saco un mapa me acuerdo de la primera vez. Es como nuestra canción. Tienes que aprender idiomas, si nosotros no hubiéramos sabido inglés, quizá tú no habrías nacido. Siempre se me ha dado bien leer planos, pero desde que ella no está, no me aclaro. Salida.

En caso de incendio.

Hubo un lugar. O quizá un momento. Todo estaba despejado. No te sentías libre, eso siempre ha sido demasiado para mí. Pero erais ligeros. Tenía esa sensación de no pisar la tierra. Lo decías con rubor, y enseguida añadías que era porque la hierba hacía que flotaras, que acostumbrado al asfalto, a la piedra, todo eso era como un planeta diferente. Algodón, seda, terciopelo. El campo, nada menos. Aprendiste que existían cosas como el horizonte. O las estrellas. Quizá podríamos aprender a guiarnos por las estrellas. Es de mucha utilidad cuando estás en el mar. De solo pasamos a solos. El mayor cambio que pudieras imaginar. Ella no paraba de reír, pero él no tenía miedo. Podía caminar durante horas sin extraviarse, porque no iba a ninguna parte. Hasta la manera de respirar era distinta. Todo ese tiempo, todo ese verde, el amarillo, el azul. Sí, te enseñó lo que era la hora azul. Tampoco sabías que el mundo pudiera existir ya tan temprano. Habías oído hablar de los que ponen las calles, y alguna referencia a los gallos. El mundo no existe hasta que no abres los ojos. Pero la hora azul fue algo diferente. Silencio.

¡Silencio!

Volviste, pero ya no fue igual. En realidad siempre os quedasteis allí. Podíamos perdernos por la ciudad, pero nuestro lugar siguió estando allí, dentro de nosotros. Y otra vez te ruborizas. Pasaste del pasado. No quisiste que supiera quién eras. Yo era así, le contabas, y tú eres asá. Tardó en comprenderlo, comme si comme ca, no exactamente. Entrasteis directamente en el futuro. Iremos, haremos, tendremos. Qué alegría más grande que vivir en el futuro. Y lo alcanzasteis. Entonces empezó el presente Nos quedamos allí mucho tiempo. El tiempo de los pronombres. Tú. Yo. Nosotros. Él. Ella. Ellos. Vosotros. El proceso siguió y en el camino se quedaron él y ella, pero permanecisteis vosotros. Nosotros. Y aquí comienza el pasado. Te acuerdas. Eso fue cuando. No, no sucedió así. Hasta que también lo perdiste.

Andrés, ya le acompaño hasta el servicio. Ay, hija, si yo te contara lo que eso significa para mí.

Para eso estoy yo aquí.


Ya se ha completado el ciclo. Has perdido el pasado. Ya solo te queda el momento presente. Pero tu presente es el de aquel día. Estás cerca del palacio. Estás pensando en tomarte un helado. Notas algo en el hombro y casi das un salto. El relámpago. Dice que necesita dirección. Asientes. Miras su dedo en lugar de la luna. Eres tonto. Voy para allí, si quiere. No comprende. Claro, perdón, estoy tonto. This way. Just come with me. Pero Andrés, ¿adónde va? ¿Qué haces tú aquí otra vez? ¿Quién eres? ¿Dónde está Anne? Tranquilo, Andrés, yo le ayudo. ¿Dónde está Anne? Acuérdese, Anne ya no está con nosotros, se fue. ¿Cómo? ¿Qué le dije? Me enseñó el plano y yo dije que podía acompañarla, que... Sí, Andrés, ya me lo ha contado. Ahora tranquilícese, vamos a su habitación. Por aquí, Andrés. 

martes, 23 de septiembre de 2014

En la orilla, de Rafael Chirbes


Hay libros que todos nos sabemos, pero que alguien tiene que escribir. Durante la lectura incluso tenemos la sensación de que su valor crecerá con el tiempo, que quizá estemos demasiado pegados a lo que se narra para apreciarlo en todo su alcance. Testimonios de una época que permanecerán como el retrato de una sociedad en declive. Así nos verán en el futuro. En estos casos, el autor, por muy personal que sea, se transforma en una especie de médium, el instrumento elegido por el espíritu del tiempo para que deje constancia de lo que está pasando.

Y pese a esta sensación de que estamos ante noticias del periódico de ayer, Rafael Chirbes consigue sorprender. En lugar de utilizar un naturalismo meramente descriptivo, en En la orilla Chirbes hace uso de un estilo casi alucinado, como si lo que estuviera contando su protagonista fuera una pesadilla. No hay linealidad, ni desarrollo de personajes. Se trata de una visión deformada, como si el narrador estuviera agonizando y lo que cuenta fueran los restos del naufragio.




En este sentido, aunque Chirbes proclama su admiración por Galdós, se situaría más cerca de un autor como Faulkner. Sus propuestas estilísticas son complejas, espantan al lector pasivo. Se trata de largos monólogos interiores sin posibilidad de escape, una deriva continua que manifiesta a través de la forma una decadencia moral. No hay espacio para relajarse, para tan siquiera atisbar alguna vía de esperanza. Desde luego, aquí no se encontrarán brotes verdes.

Para explicar este presente, Chirbes tiene que mirar hacia el pasado. Por supuesto no faltan las referencias a la Guerra Civil, y también la transición tiene su peso, más que simbólico. También el espacio elegido tiene su importancia. Aunque la intención de Chirbes sea más amplia, Valencia se ha convertido en un lugar que refleja todo lo peor que le ha sucedido a este país en los últimos años, y aquí nos encontramos con un paisaje que es el de la derrota, el final del camino.

Editorial Anagrama

lunes, 22 de septiembre de 2014

El padre, de Edward St. Aubyn


Hay algunos misterios editoriales que no tienen explicación racional. Ni tan siquiera había que estar muy atento a la literatura inglesa contemporánea para saber que las novelas de Melrose escritas por Edward St. Aubyn son consideradas como una de las grandes creaciones literarias de nuestro tiempo, valoradas tanto por selectos escritores como por un gran número de lectores, y sin embargo en España hemos tenido que esperar 20 años a que sean traducidas. En cualquier caso, bienvenidas sean, porque la expectación estaba justificada.

En El padre se reúnen las tres primeras novelas de la serie de Patrick Melrose, y leer los tres volúmenes de manera conjunta es una experiencia de esas que si se midieran con una encefalograma daría como resultado una actividad neuronal agotadora que pasa por todos los estados. De hecho, lo más llamativo de St. Aubyn es que logra mezclar con total naturalidad el humor más superficial con las situaciones más siniestras. Se trata de ese tipo de libros en los que no sabes si reír o llorar, y cuando lo haces, no sabes por qué.




En Da igual conocemos a los personajes del drama, y aquí el contraste se produce entre ese idílico château del sur de Francia y los monstruos que pululan por allí, empezando por el padre, ese sádico, retorcido y cruel personaje que personifica la maldad en su estado más puro. Y sin embargo, también hay mucho humor, extraído sobre todo de unos personajes peculiares, detestables en su mayoría, algunos dignos de conmiseración, como el hijo, Patrick, que sufrirá las peores experiencias sin poder defenderse.

En Malas noticias Patrick ha crecido y se ha convertido en un yonqui nihilista. La historia se transforma en una especie de Trainspotting de clase alta, en la que St. Aubyn no se ahorra ningún detalle desagradable, ninguna oportunidad de resultar repugnante. No hay embellecimiento ni épica de las drogas, pero tampoco moralismo, ni intento de justificar. Es un viaje al final de la noche en el que, una vez más, el humor sirve como contraste de lo más chocante. En una escena que no podía ser más asquerosa, de repente surge la brillantez del ingenio y el lector se queda sin defensas.

Alguna esperanza es la más superficial de las tres novelas, y sin embargo puede que también la más profunda. Sin duda su tema central es el perdón, la capacidad para superar un pasado traumático e intentar comprender aquello que va más allá de la razón. Y estos temas tan complejos tienen lugar en un ambiente muy reconocible, con aromas de Waugh, Mitford y, sobre todo, Anthony Powell. De hecho, toda la serie de Melrose tiene fuertes concomitancias con Una danza para la música del tiempo, principalmente en su construcción dramática y su dibujo de personajes. Aunque St. Aubyn cuestiona en todo momento el concepto de herencia y sus privilegios, en materia literaria se muestra como un fiel heredero y un autor privilegiado.

Editorial Mondadori
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz

jueves, 18 de septiembre de 2014

La plenitud de la señorita Brodie, de Muriel Spark


Sería divertido espiar las reacciones de un purista de las reglas narrativas mientras lee La plenitud de la señorita Brodie. Cierto que con el tiempo este libro de Muriel Spark se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la literatura británica del siglo XX, pero su estructura desafía cualquier principio de esos que se consideran como sacrosantos: hay tantos saltos temporales y desvíos narrativos que dibujar un diagrama cronológico daría como resultado una obra dadaísta.

Los saltos hacia delante y hacia atrás ya no suponen ninguna novedad, al igual que los cambios de perspectiva, pero Spark, quien en todo momento mantiene la frescura, sin caer en la fórmula, consigue dotar a estos recursos de una impertinencia que obliga al lector a mantener la atención en todo momento. En realidad ni tan siquiera hay un punto fijo de referencia: en cualquier momento te puedes encontrar con que el relato ha avanzado 15 años, para enseguida, a veces incluso en el mismo párrafo, retroceder otros siete.




Pero este aparente descontrol (en realidad perfectamente medido) no se limita al apartado temporal, sino que el punto de vista y los sucesos que se narran también varían con una alegría anárquica. Los personajes se van pasando el testigo de la historia sin dar un respiro, matizando la información proporcionada de manera abrupta, lo que provoca que cada vuelta de página prometa un reto, una nueva sorpresa que desbarata todo lo que hasta entonces habíamos intuido.

Como suele ser habitual en Spark, en el fondo de la historia hay una moraleja, pero tan oculta detrás de capas y capas de subjetividad y pistas falsas que es difícil sacar una conclusión clara. Aquí no hay bandos, incluso conceptos en apariencia tan claros como el de traición se vuelven difusos. Así como cada detalle puede significar un giro total en lo que creíamos saber, cada nueva lectura puede dar como resultado interpretaciones diferentes. Lo único que queda claro es que, al igual que la señorita Brodie, cuando Spark escribió esta novela estaba en su plenitud y creó uno de esos libros que no se acaban nunca.

Editorial Pre-Textos
Traducción de Silvia Barbero

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Nobles y rebeldes, de Jessica Mitford


Cualquier librería inglesa que se precie dedica una sección específica a las hermanas Mitford, que no solo recoge las extraordinarias novelas de Nancy o la obra de Jessica, sino gran cantidad de biografías, ya sea consagradas de manera individual a cada una de sus apasionantes vidas, o de manera conjunta. Aunque para hacer justicia a la saga familiar un solo volumen parece escaso: ni el guionista de Downton Abbey en sus momentos de mayor desvarío se puede acercar a lo que en realidad hizo esta pandilla de excéntricas.

En Nobles y rebeldes apenas podemos atisbar algo de la locura que gobernaba a esta familia. Por mucho talento, gracia y conocimiento de primera mano que tuviera Jessica Mitford, el lector solo puede hacerse una idea ligera de lo que era su casa. Si Nancy fue una precoz autora satírica que escribió algunas de las mejores novelas cómicas (aunque quizá sea innecesario añadir el adjetivo) de su época, en el hogar solariego de Swinbrook se juntaron las muy nazis Diana y Unity Valkyrie y Deborah, quien llegaría a ser duquesa de Devonshire. Junto a ellas, unos padres parecidos a esos aristócratas que aparecen en las novelas de Evelyn Waugh y que al lector le pueden parecer unos personajes demasiado buenos para ser reales.




Jessica retrata a todos estos especímenes sin recato, exponiendo al público sus características más escandalosas, pero siempre con cariño, incluso cuando habla de Unity, de quien las diferencias ideológicas la habían separado irremediablemente. Siempre da la sensación de que están tramando un juego de niños, y cuando la propia Jessica se hace comunista parece movida más por el espíritu de diversión y de rebeldía que por verdadera conciencia social. Por eso seguimos admirando a Nancy, aunque sea presentada como modelo de superficialidad y esnobismo: está en su sangre.

En la segunda parte del libro Jessica se aleja de su casa, pero no de las aventuras disparatadas. Junto a su marido (que también es su primo segundo, y comparte la chifladura familiar) vivirá las experiencias más imprevisibles, desde su visita a una España en plena Guerra Civil hasta sus diversos trabajos en Estados Unidos, donde compaginaban tareas como la de vendedores de medias con visitas a lo más granado de la sociedad americana. Hay mucha gente trastornada, lo sabemos, y unos cuantos escritores de categoría, pero es raro que ambas condiciones se den en una misma persona. Habrá que aprovecharlo y disfrutar de una familia con el don de la gracia.

Editorial Libros del Asteroide
Traducción de Patricia Antón

martes, 16 de septiembre de 2014

Silas Marner, de George Eliot


En el sempiterno debate entre fondo y forma hay un factor que no se suele tener en cuenta: la verdad. Quizá sea porque se trata de un concepto difícil de definir, pero que se detecta a la primera. Por ejemplo, la historia de Silas Marner podría ajustarse perfectamente a los cánones del folletín: un avaro resentido, una niña abandonada, un joven adinerado e irresponsable... Todos los elementos del conflicto están ahí, pero con esos ingredientes se puede cocinar un melodrama lacrimógeno o una emocionante historia que conmueve por su pureza.

George Eliot, que podría dar lecciones sobre la verdad en la novela, se ganó gran parte de su reputación por su profundidad casi filosófica y por su manera de sacar partido a detalles de apariencia intrascendente y convertirlos en afinados retratos de personajes. Pero en Silas Marner demostró que también puede narrar una historia humana, en la que se mezclan los más bajos instintos y la bondad desinteresada, sin tener que recurrir a los grandes principios.




Así, en la famosa escena en la que Marner confunde los rubios cabellos de la niña con su oro perdido, se encuentra la esencia de su estilo. De manera sutil, introduce en la narración el más puro sentimiento de cordialidad y la redención. Para expresar una trasformación en la que otros autores hubieran gastado páginas de explicaciones y seguramente algunos desvaríos sentimentaloides, a Eliot le es suficiente un párrafo de emoción reconcentrada. Y de igual manera que cuando en un cuadro de repente encontramos una revelación, aquí, a través de las palabras, nos golpea el restallido de la verdad.

Es cierto que en algunos momentos la autora se deja llevar por la querencia victoriana por el moralismo, permitiéndose incluso romper el ritmo del relato para expresar un punto de vista ajeno a la historia. Pero son pequeños meandros que no afectan al desarrollo fluido de los acontecimientos. Son los personajes, perfectamente descritos y con caracteres bien definidos, los que crean su propio destino, los que se imponen a las convenciones en su búsqueda de la felicidad. Y no hay normas sociales ni prescripciones literarias que les impidan alcanzar su plenitud.

Editorial Valdemar
Traducción de Ana d'Aumonville Alegría

lunes, 15 de septiembre de 2014

Gálvez en la frontera, de Jorge M. Reverte


En El hombre más buscado, la adaptación recién estrenada de la novela de John Le Carré, da la sensación de que el muy listo protagonista no ha leído ninguna novela del propio Le Carré: solo así se entiende que no se vea venir lo que va a pasar. Por el contrario, Jorge M. Reverte sí que se conoce a sus clásicos, y transforma el ya manido personaje de periodista descreído envuelto en una situación que le supera en algo diferente: un divertimento poco respetuoso con las reglas y tan anárquico en su desarrollo como gozoso en su lectura.

Con Gálvez en la frontera entramos en situación enseguida: un Madrid muy reconocible (esa ciudad que para sus habitantes es la peor del mundo, pero que sabe integrar como ninguna), mezclado con un Madrid transformado en poblacho del salvaje oeste, con la plaza del Progreso convertida en el río Grande y Lavapies en algo así como Tijuana. Y todo esto descrito en un tono muy tintinesco, con Gálvez en funciones de intrépido (o quizá más apropiadamente inconsciente) periodista de investigación.




En este cóctel (que no es un dry martini sin martini) tenemos de todo para disfrutar: moros y chinos que se enfrentan a navajazos, empresarios japoneses con intereses turbios, unos papeles perdidos que ejercen de perfecto macguffin, escarceos sentimentales, viajes exóticos, peligros sin fin a la vuelta de la esquina, una trama delictiva enrevesada, personajes extremos y siempre una buena réplica preparada. Lo dicho, que Reverte se conoce el oficio (también el de periodista) y le sabe sacar las vueltas.

Cuando hace falta, el autor también sabe ponerse serio. Las inmundicias del mundo empresarial son reveladas con claridad pero sin tópicos, y el “drama de la inmigración” pasa de ser un lugar común a verse reflejado en toda su crudeza. Otro aspecto curioso del libro es la cantidad de horas muertas que pasa su protagonista. Cierto que vive numerosas aventuras, pero cada pocas páginas se encuentra en su apartamento en lo que parece un perpetuo domingo por la tarde, sin nada que hacer. Y es que tampoco hay que tomarse las cosas a la tremenda.

Editorial Booket

viernes, 12 de septiembre de 2014

Tristram Shandy, de Martin Rowson


Tristram Shandy es un libro único, y sin embargo desde su aparición ha ejercido una influencia que llega a nuestros días. Ya Diderot usó el libro de Laurence Sterne como inspiración para su Jacques el fatalista, y desde entonces innumerables autores se han servido de esta anti-novela como modelo sobre el que construir los más iconoclastas artefactos literarios (incluso la posmodernidad tiene sus clásicos). En los últimos años también hemos disfrutado de algunos intentos de trasladar el libro al cine, como en la muy divertida adaptación de Michael Winterbottom, y ahora al cómic, de la mano de Martin Rowson.

Uno de los motivos que explican este fecundo trasvase creativo está en las posibilidades de apropiación que permite un libro tan abierto como Tristram Shandy. Cada lector puede hacer suya esta historia, y cada autor puede aprovechar de este inagotable caladero los temas y obsesiones más personales. También la puerta abierta a divagar sobre el proceso creativo deja un ancho campo para la investigación, la reflexión sobre uno de los temas que más han ocupado a los artistas modernos: el proceso mismo por el que una idea cobra forma material.




Pero estas consideraciones elaboradas y complejas también tiene su lado más ligero: Tristram Shandy es un libro enormemente divertido, tan repleto de ingenio y de ocurrencias que su capacidad para sorprender y provocar carcajadas no se acaba nunca. Rowson ha sido capaz de seleccionar los episodios que más se aproximan a sus propias inquietudes y ha logrado resumir de manera magnífica un extenso libro en un tebeo de 175 páginas y a la vez aportar su propio y disparatado punto de vista.

Y es precisamente cuando Rowson se aleja más del original cuando más nos gusta. Por ejemplo, sus dibujos a imitación de grabados de Durero o Hogarth, o cuando convierte a Tristram en un personaje de Chandler o Martin Amis. En cualquier caso, el trabajo de Rowson es abrumador, con un cuidado por los detalles que convierte cada viñeta en un puzzle lleno de detalles que exigen la máxima atención. Al final del camino el lector puede llegar agotado, pero el esfuerzo habrá merecido la pena.

Editorial Impedimenta
Traducción de Juan Gabriel López Guix

jueves, 11 de septiembre de 2014

Lluvia de hielo, de Peter Stamm


Aunque cada uno de los nueve cuentos que forman Lluvia de hielo transcurre en un lugar diferente y sus protagonistas tienen caracteres muy diversos, es precisamente esta transitoriedad la que da unidad al libro. Todos sus personajes se mueven como desplazados, incluso cuando simplemente están de vacaciones parecen sufrir un exilio. En todo momento y situación están fuera de lugar, buscando un objetivo inconcreto que, además, cuando se halla es dejado atrás sin más explicaciones.

El estilo de Peter Stamm es elusivo, tan parco que algunos de sus relatos ocupan apenas un par de páginas, lo que no impide que su capacidad para sugerir sea profusa. Como en los mejores cuentos modernos, lo que se cuenta es solo la superficie de una historia mucho más profunda, con unas implicaciones que el lector solo llegará a vislumbrar, sin poder llegar a más certezas de las que su intuición le permita. De esta manera el subtexto cobra una relevancia no ya complementaria, sino que es la principal herramienta del autor.




La expresión de los sentimientos también se contagia de esta misma sequedad. Desde En la laguna de hielo, relato que abre el libro, nos acostumbraremos a una narración en la que los sucesos más terribles son narrados con absoluta frialdad, como si ese clima gélido que atraviesa todo el libro afectara también a la manera de expresarse. Y así llegamos al último cuento, que da título a la colección. Imposible empatizar con sus protagonistas, ni tan siquiera llegamos a comprender del todo sus motivaciones y sus actos.

Como en el relato muy expresivamente titulado A la deriva, tenemos la impresión de que los personajes creados por Stamm se mueven por inercia, siembre cayendo, ni tan siquiera empujados por la depresión, sino sencillamente desencantados, sin el impulso vital necesario para seguir luchando. Han quedado congelados, sin expectativas ni capacidad de reacción. Al final, volverán al mismo punto de partida. Y así, el lector, queda impactado no por la desolación manifestada en rebeldía e ira, sino por la falta misma de espíritu.

Editorial Acantilado
Traducción de María Esperanza Romero

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Pero hermoso, de Geoff Dyer


La luminosidad de Lester Young, la brillantez de Thelonious Monk, el entusiasmo de Bud Powell, la elegancia de Ben Webster, la energía de Charles Mingus, el romanticismo de Chet Baker, la fuerza de Art Pepper. Apenas nada de esto hay en Pero hermoso. Tanto es así, que si no fuera por el epílogo, se podría pensar que el libro de Geoff Dyer no ha sido escrito por un admirador del jazz, sino por uno de sus mas encarnizados detractores. Por eso cobra tanta resonancia el título: aquí hay muchísimo dolor, pero el resultado sigue siendo conmovedor.

En lugar de centrarse en los aspectos más euforizantes del jazz, Dyer decide sumergirse en todo lo que tiene de sórdido: alcohol, drogas, depresiones, cárceles, manicomios y muertes prematuras. Según su tesis, el jazz es una música que nace del sufrimiento, un estilo que lleva a sus artistas a caer en el abismo. De ahí también que muchos de sus más excelsos representantes murieran a edades demasiado tempranas: habían llegado a la cúspide de su arte y ya no podían dar más de sí. Discutible idea, pero que al menos Dyer apoya en contundentes casos.




No es la primera vez que un libro intenta asimilar los conceptos y ritmos del jazz (recordemos la arriesgada novela de Toni Morrison titulada para despejar cualquier duda Jazz), y Dyer se mueve con soltura entre standars, improvisaciones y síncopas. En este sentido podríamos decir que Dyer tiene blues, pero le falta swing. El retrato de personajes al límite, tan reales que evitan el arquetipo, lleva al lector a sentir angustia y misericordia, pero solo si acompaña la lectura con la música de sus protagonistas podrá sentir algo de alivio.

Dyer también cuestiona la posibilidad de hacer una crítica al jazz, y ni tan siquiera se plantea construir una historia. Su retrato es mucho más próximo, casi vivido en primera persona. Más que en relatos, se ha basado en fotografías, en ambientes, en vidas interiores. Se mete (o al menos lo intenta) en la cabeza de estos colosos del jazz y los muestra sin edulcorantes, sin vías de escape, pero con compasión. Cierto que también podría haber elegido una gama más variada de artistas (y ni tan siquiera Art Pepper le da espacio a mostrar la posible redención), pero Dyer lo tiene claro: el jazz es un lugar oscuro.

Editorial Random House
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz

lunes, 8 de septiembre de 2014

El jardín de la pólvora, de Andrés Trapiello


Como cada año, para nosotros la rentrée comienza con la lectura de uno de los tomos de los diarios de Andrés Trapiello, en este caso El jardín de la pólvora. Es cierto que al pasear por sus páginas vamos de disgusto en disgusto en lo que concierne al mundillo literario, un círculo al parecer formado por una ralea de forajidos y sinvergüenzas a los que tenemos el gusto de no conocer. Pero lo que nos gusta tanto de estos libros es que aquí también encontramos lo mejor de la literatura, que es cuando lo novelesco deja paso a la experiencia, cuando se produce esa extraña destilación que hace que nos olvidemos de cualquier artificiosidad para dejarnos llevar por la corriente de la vida.

Es cierto que Trapiello parece un poco ciclotímico y apenas podemos seguir su ritmo entre la evocación de la naturaleza y de las pequeñas alegrías cotidianas y su furia contra todo lo que hace del mundo un lugar hostil y feo, pero es que en unas cuantas horas de lecturas pasamos por todos los vaivenes que normalmente vivimos a lo largo de todo un año. Y esa concentración de estímulos y bajones confieren al rito de la lectura de este Salón de pasos perdidos un carácter especial, una adicción que cualquier aficionado a los diarios de Trapiello sabe que no podrá abandonar ni con una cura extrema de desintoxicación.




Esta peculiar modulación de tonos también se da en las aventuras en las que se embarca el autor. Tan pronto nos encontramos con el amo de casa que va a hacer la compra, como con el escritor que es recibido por el presidente de la República Oriental del Uruguay. Pero lo que hace singular el estilo de Trapiello, y tan alejado de esos pomposos literatos al uso, es que describe el ir a la compra como un momento épico y la recepción presidencial como un engorro. Y siempre con retranca, con tanta gracia como distanciamiento. Porque solo situándose él mismo en una posición de ridículo puede hacer que todo lo que nos cuenta, en lugar de indignante, cobre la apariencia de farsa.

A veces nos asalta la duda de si no habremos leído ya este tomo, pues algunas de las historias que cuenta nos son muy familiares. Pero no nos molesta la reiteración, es más, lo celebramos. Es como un concierto con algunos grandes éxitos que no podían faltar (las visitas al Rastro, las conferencias desoladas, los viajes familiares, las X. reincidentes), pero con un cogollo de nuevos temas que pasarán a las antologías, como el accidente de tráfico en el que se topa con un guardia civil aficionado a las letras, el tour de Francia en coche o la tournée por Buenos Aires y Montevideo. Y, entre medias, todo lo que es importante.

Editorial Pre-Textos

jueves, 4 de septiembre de 2014

Un hombre en la raya, de José Jiménez Lozano


La cadencia pausada, el paisaje monótono, el continuo retroceso. Las descripciones minuciosas, los silencios significativos, las vidas atascadas. Habrá quien ni se acerque a las novelas de José Jiménez Lozano debido a múltiples prejuicios, como la apariencia de que son ese tipo de libros en los que nunca pasa nada. Como todos los prejuicios hacia este autor, pura tontería. En Un hombre en la raya no paran de pasar cosas, hasta el punto de amontonarse, de sucederse sin solución de continuidad. Y, cuando creíamos haber dado un episodio por finalizado, nos encontramos con un nuevo matiz, una nueva perspectiva, que trastoca toda nuestra composición de lugar.

En esta novela nos encontramos con una “España profunda” que nada tiene que ver con el tópico, con esos pueblos que solo aparecen en las noticias cuando se produce un crimen tremebundo y que muchas veces solo cobran una efímera relevancia precisamente en el momento en el que van a desaparecer arrasados por la modernidad. Daría la sensación de que se trata de habitantes de otro planeta. Pero Jiménez Lozano nos presenta un paisaje mucho más veraz y complejo. Aquí el adjetivo “profundo” cobra otro significado, telúrico y atávico. Las personas deben tanto a su pasado como al ambiente en el que han crecido y son plenamente humanas, con sus glorias y sus miserias.




Un hombre en la raya, publicado en 2000, se anticipa de manera clarividente a lo que estaba por llegar. Porque se podría acusar a Jiménez Lozano de ir en contra del progreso, de anclarse en un tradicionalismo estéril opuesto a cualquier avance. Pero entonces habría que hacer el mismo reproche a Mortimer o Chirbes. En realidad, a lo que se opone JJL es a la banalidad, al destrozo del pasado por un incierto bienestar que en realidad es un espejismo El autor se opone a los estrechos de mente (y a los que estrechan las aceras), a los que son incapaces de comprender a los demás y en su afán supuestamente por mejorar el mundo, sucintamente para enriquecerse, no dudan en esquilmar la tierra y a sus habitantes, despojándolos de su pasado y de su razón de ser.

Otra característica que convierte la escritura de JJL en una lección es su dominio del castellano. Y no hablamos ya solo del descubrimiento de palabras tan precisas y expresivas como dengue, cachicán o cermeño, como de ese estilo azoriniano, límpido, alejado del barroquismo tan habitual en la literatura en español. Pero esta simplicidad no tiene nada de improvisado, la peculiar construcción de las frases, esa manera de encontrar siempre la palabra más adecuada, el giro más sorprendente y a la vez esclarecedor, convierten a Jiménez Lozano en un maestro de la lengua en todo su esplendor.

Editorial Seix Barral

miércoles, 3 de septiembre de 2014

El lugar, de Annie Ernaux


Cuando escribió El lugar, en 1983, Annie Ernaux ya había publicado tres novelas, pero fue con esta con la que definió su verdadero estilo, ese que la ha convertido en una de las autoras más fascinantes de la literatura actual. En El lugar ya encontramos ese tono íntimo en el que el pudor deja paso a la exposición más descarnada, esa manera de escribir en apariencia natural pero que conlleva un esfuerzo agotador. Como ella misma dice en el libro, recordar le requiere tanto o más esfuerzo que inventar: el autorretrato demanda sinceridad y honradez, atributos no siempre presentes en la literatura, pero irrenunciables si se quiere alcanzar la verdad.

La redacción de El lugar se convierte en un homenaje al padre de Ernaux, una de esas personas que se califican como “sencillas”, con una mezcla de admiración y condescendencia. Sus orígenes campesinos y su lucha por “hacerse alguien” son descritos con la devoción de una hija por el tesón y la bravura de su progenitor, pero también con la distancia de quien se siente alejada de un mundo que ha dejado atrás, lo que le provoca una dolorosa sensación de traición, la vergüenza de sentir vergüenza de aquello por lo que debería sentirse orgullosa.




Casi sin quererlo, nos encontramos con una visión panorámica de la Francia del siglo XX, pero no se trata de un canto épico al modo de esas sagas familiares que atraviesan épocas a modo de metáforas con patas, sino que aquí todo es sentido, real. Acompañamos a la autora desde la descripción de la vida miserable de los campesinos de Normandía hasta la consecución del título de profesora de la propia Ernaux, que supone el paso ritual de una clase social a otra, de una percepción del mundo estrecha a la conquista del bienestar y la prosperidad. Pero en el camino también se producen pérdidas irreemplazables.

Como es habitual en Ernaux, la narración transcurre con fluidez, a través de pequeñas escenas descritas al detalle. La delicadeza en el trazado de personajes y lugares no impide que Ernaux también se muestre implacable con el mundo que la rodea y, especialmente, consigo misma. Hay mucho amor en el libro, pero también reproches y lamentos por las oportunidades perdidas, por no haber sabido mostrarse a la altura. Y, quizá, la literatura no suponga una redención suficiente, pero sí, como dice la cita de Genet que abre el libro, el último recurso.

Editorial Folio
Edición en castellano en Tusquets

martes, 2 de septiembre de 2014

El innombrable, de Samuel Beckett


Samuel Beckett es uno de los escritores más influyentes del siglo XX, lo que es solo una más de las múltiples paradojas de su obra. Porque pocos autores habrá más singulares, en apariencia inimitables, y además tan radicales y destructivos: sus libros más invitarían a la extinción que a la fertilidad. Y sin embargo, los años 50 y 60 se vieron atravesados por una oleada de beckettianos, y todavía hoy en día sigue teniendo ilustres continuadores (como se hace evidente, por ejemplo, en la escritura de Paul Auster). Quizá todo se deba a que Beckett supo expresar como nadie un sentimiento muy extendido, el nihilismo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Quizá todo fue un malentendido.

También es extraño que tengamos a Beckett por un referente, que su estilo, su esencialidad, su broma permanente nos fascine, y cuando nos ponemos a leerlo, se nos hace tan cuesta arriba. Es practicamente imposible mantener una lectura serena y completa de sus libros, y no únicamente por sus características reiteraciones o por sus caídas en lo absurdo (aquí, más que nunca, el tópico es totalmente cierto). Hay en la escritura de Beckett una aspereza, una misantropía, que convierte el acto de la lectura en un desafío tan exigente que se convierte casi en físico. Hasta el cerebro suda.




En El innombrable, última parte de la trilogía completada por Molloy y Malone muere, Beckett lleva su apuesta al límite. El autor se desprende de cualquier arraigo con lo que se entiende por realidad, todo sucede en la mente del escritor, quizá del escritor que escribe sobre un escritor, aunque es válida la sospecha de que quien escribe no existe, y por eso se hace tan complicado escribir. Todo así de clarito. Es como esos autores que dedican cientos de páginas a explicar que es imposible hacerse entender. O los solipsistas que buscan a otros como ellos. Un libro sobre la imposibilidad de escribir libros.

O vaya a saber qué. Beckett esencial. Una desesperanza ontológica, una búsqueda sin objeto, un descenso interior que conduce al vacío. Un torrente de palabras que impiden el paso al lector, pero que al tiempo le acribillan a cuestiones y retos. Y, todo ello, como también es típico en Beckett, expresado con un humor loco y descarado, que ni tan siquiera es una vía de escape ante el sinsentido, sino una manifestación más de esa lucha por encontrar una realidad a la que aferrarse, un duelo que se sabe perdido desde el principio, pero por el que merece la pena batirse. Total, no nos queda otra.

Alianza Editorial
Traducción de Rafael Santos Torroella