jueves, 29 de enero de 2015

El peatón de París, de Léon-Paul Fargue


En un hilarante sketch de Portlandia un punki queda en coma en los años 70 para despertarse en la actualidad y descubrir abochornado que el mundo ha sido conquistado por los yupis. Y es que al parecer cada generación tiene que pasar por ese momento traumático en el que se da cuenta de que la gloria vivida en la juventud ha pasado. Aunque sea una percepción equivocada , como reflejaba Woody Allen en Medianoche en París (referencia que viene muy al caso), a nadie se le podrá convencer de que los buenos viejos tiempos no fueron mejores.

Y más difícil todavía sería discutírselo a Léon-Paul Fargue, conocedor de los encantos de la Belle Époque y amigo de los artistas más destacados de su tiempo (y de los mejore vividores, dos categorías que a menudo se mezclaban). En El peatón de París Fargue rememora con pasión y nostalgia aquellos días en los que París era el centro del mundo, cuando en cada portal vivía un pintor y en cada calle había un bar imprescindible. Ahora la pátina del desencanto le hace ver una ciudad decadente, pero el lector actual añade su propia perspectiva, lo que redobla los efectos evocadores.




Los paseos de Fargue, arquetipo del flâneur, nos descubren una ciudad secreta en su exhibicionismo, llena de pasajes conocidos o misteriosos, en los que siempre encuentra un motivo de reivindicación. Sus descripciones son como ensoñaciones en los que se mezclan la ironía de quien ya lo ha vivido todo y la más franca admiración por una ciudad que no se acaba nunca. De la misma manera que su deambular es moroso, la lectura debe acompasarse y demorarse en sus elegantes y fulgurantes frases llenas de belleza y reverberación.

Gracias a El peatón de París podemos conocer algunas historias banales, como postales envejecidas, que adquieren categoría de símbolos. Nos encontramos con personajes fabulosos, desde Proust hasta la última actriz ya olvidada. Y recorremos calles, cafés, hoteles y todos aquellos rincones que han convertido París en una ciudad mítica. Pero, cuidado, no se trata de una guía de viajes. Como sucede de manera todavía más marcada en Según París, el tono de Fargue es poético, casi simbólico. Este París ya nunca volverá a existir (si es que alguna vez lo hizo), pero gracias a Fargue podemos vivirlo como si nada hubiera pasado.

Editorial Errata Naturae
Traducción de Regina López Muñoz

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