viernes, 27 de febrero de 2015

Te llevaré conmigo, de Niccolò Ammaniti


Entre los motivos que han convertido a Niccolò Ammaniti en el autor italiano actual de más éxito (al menos entre los escritores de calidad) ciertamente no se encuentra una visión complaciente de su país. Al igual que en Como Dios manda (con la que comparte tanto un paisaje decadente como una visión descarnada del comportamiento humano), en Te llevaré conmigo Ammaniti coloca a sus personajes en unas situaciones desesperadas en las que confronta el impulso más desprendido (a su extraña manera, también hay algunos buenos tipos), con la brutalidad más salvaje.

Pero lo más perturbador de las historias de Ammaniti es que bondad y maldad se mezclan en sus personajes si no de manera compensada, si al menos con la suficiente como para provocar inesperados desequilibrios. Los buenos, los héroes, pueden tener un momento de debilidad, una reacción inesperada que los iguala con sus enemigos; mientras que los seres más despreciables, los monstruos, también pueden tener un fondo de redención. No se trata de fáciles excusas (“la sociedad los ha hecho así” y tal), sino de un conocimiento desprejuiciado del corazón humano.




La escritura de Ammaniti es directa, tan despiadada como sus historias, lo que hace todavía más impactantes sus momentos de ternura. El autor recurre a frases muy cortas y neutras, pero que sirven para reflejar el mundo poco dado a los adornos en el que habita. De igual manera, no faltan las descripciones, pero estás son más informativas que destinadas al exhibicionismo estilístico. Esta aparente sencillez también afecta a la estructura de la novela, que tras un simple recurso de antes y después esconde un elaborado juego temporal con el que el escritor manipula al lector a su gusto.
Porque, ante todo, en Te llevaré conmigo Ammaniti logró firmar una novela de una construcción tan sólida como dúctil es su desarrollo. Ahí se encuentra la clave de su capacidad para conducir al lector por donde él quiere. Los cimientos son firmes y conocidos, propios de un libro tradicional que pasaría cualquier prueba de resistencia, pero a la vez tiene la flexibilidad necesaria para sorprender, para inspeccionar lugares que nadie se esperaría. El efecto, sin efectismo, es como verse sobresaltado justo en el momento más confortable.

Editorial Anagrama
Traducción de Juan Vivanco

miércoles, 25 de febrero de 2015

Tan lejos, tan cerca, de Adolfo Marsillach


A lo largo de las páginas de Tan lejos, tan cerca se repite la frustración de no haber podido asistir a las grandes representaciones dirigidas por Adolfo Marsillach: ni Marat-Sade (de la que ni tan siquiera hay registro grabado, recurso que por muy insuficiente que sea, de algo sirve), ni El Tartufo, ni Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? (de la que al menos hay una película). Como compensación, descubrimos que Marsillach también era un extraordinario escritor, muy personal y algo caótico, dado a la digresión y que combinaba la buena memoria y la capacidad para contar buenas historias, un tesoro que pocas veces se encuentra.

Él mismo cargaba con la frustración de no haber conseguido tal reconocimiento (para el caso, muchos también le negaron la condición de gran actor, o de relevante director de escena, parece que nadie estaba dispuesto a admitir su dominio en más de un campo a la vez), y quizá ya va siendo hora de que se reivindique su calidad como autor. Si en su papel de intérprete mítico solo nos quedan sus participaciones en contadas películas y en algunas series de difícil acceso, y como director teatral ya solo quedan algunos recuerdos y poco más, como escritor todavía podemos disfrutar de un autor que en sus memorias demostró que no solo era un aficionado con pretensiones.




En general, Tan lejos, tan cerca se podría dividir entre las vivencias teatrales de Marsillach (lo cual ya tiene un valor incalculable, fue una de esas personas que de por sí encarnan toda una época) y sus escarceos sentimentales (en algún momento se cuela la voz de Mercedes Lezcano, su última mujer, para advertirle de que el libro se puede convertir en un listado de novias, pero Marsillach asumió que la historia de su vida era en gran parte la historia de las mujeres que había conocido y amado). También habrá algo de política, reflexiones muy afinadas sobre la existencia (siempre con ironía, sin pomposidad) y, como no, un retrato humano de Marsillach y sus circunstancias.

Ante todo, se nos presenta una persona a la que nos hubiera encantado conocer. Marsillach se muestra totalmente sincero (o, al menos, eso parece, con los cómicos nunca se sabe). No se ahorra confesiones que no le dejan en muy buen lugar ni esconde sus enemistades y fobias. Pero se impone la figura de un hombre coherente, que siempre mantuvo sus ideas (y sus ideales). Pese a ello, también se perciben sus contradicciones, las que en cualquier caso habitan en todo ser humano. En cincuenta años de profesión Marsillach se encontró (y desencontró) con todo tipo de personajes, y cuando le llegó el momento de recordar decidió mostrarse tan honrado con lo que pensaba sobre ellos como lo hacía consigo mismo. Puede que siguiendo esta estrategia solo haya un ganador, pero ese ganador es el lector.

Editorial Tusquets

lunes, 23 de febrero de 2015

Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman


Justo después de escribir Aventuras de un guionista en Hollywood, cuando ya había ganado dos premios oscar como guionista y había tenido numerosos éxitos de taquilla, William Goldman estuvo cinco años sin que le ofrecieran ningún trabajo, pasando a convertirse poco menos que en un leproso social. Quizá porque, como decía en Aventuras, nadie sabe nada. O por el declive de la industria. O, sencillamente, por mala suerte. Pero si alguna vez se necesita recurrir a un ejemplo de desperdicio de talento, he aquí un buen caso.

En los veinte años que pasaron entre la publicación de su primer libro sobre el cine americano y estas Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood, Goldman pasó por este periodo de sequía, volvió a introducirse en el despiadado y deslumbrante mundo de las películas, sufrió y disfrutó con los vaivenes de su carrera, estrenó la que seguramente sea la película por la que más será recordado, La princesa prometida, y acumuló material para deleitarnos con una nueva entrega de sus experiencias.




No queda muy claro si Nuevas aventuras es un libro para aprendices de guionistas disfrazado de memorias o si se trata de una autobiografía disimulada tras algunos recursos para escritores. En cualquier caso, por muy dispares que parezcan ambos géneros, Goldman se las arregla para que no haya contradicción, para que las anécdotas y los trucos del oficio se entremezclen en perfecto equilibrio y naturalidad, de tal manera que si en la primera parte se centra en alguna de las películas en la que participó durante esos años introduciendo importantes consejos, al final ofrecerá un original inédito para que el propio lector saque sus propias conclusiones.

Así, el interesado en aprender algunas útiles herramientas para la escritura de guiones no saldrá decepcionado, y aunque, un poco a regañadientes, Goldman admite que su método no es el único válido, algunos de sus principios deberían inscribirse con letras de oro entre las reglas que todo buen guionista debería seguir. Pero, por otra parte, el libro puede ser disfrutado por cualquier aficionado sin intenciones profesionales: entre historias de Hollywood y vivencias personales siempre retratadas con humor, Goldman demuestra una vez más que es un escritor del que se puede tanto aprender como disfrutar.

Editorial Bloomsbury
Edición es español de Plot

viernes, 20 de febrero de 2015

Idiopatía, de Sam Byers


La trama de Idiopatía discurre en dos planos muy diferentes: por una parte está el mundo exterior, una sociedad superficial e idiotizada que Sam Byers retrata con ironía y sin demasiadas sutilezas: un personaje lee un libro titulado nada menos que El hábito de la autoayuda: cómo dejar los libros y seguir adelante con la vida. Pero por otro lado, y sin duda aquí está el peso de la narración, el autor se ocupa de la vida interior de sus personajes, lugar donde no caben burlas ni chanzas, todo es tremendamente oscuro.

Por eso la disociación entre lo que espera el lector y lo que poco a poco va descubriendo es tan chocante. Idiopatía se publicita como una comedia hilarante, pero en el fondo es un libro depresivo. Sus personajes son autodestructivos, en algunos casos exhibicionistamente odiosos. Así, Katherine, una de las protagonistas, puede pasar por un ser tremendamente triste y marcado por el sufrimiento, pero en varias escenas da la sensación de que realmente se trata de una psicópata.




Porque en Byers puede haber comprensión, pero no simpatía por sus personajes, con la posible excepción de Nathan. Si la panorámica que dibuja es la de una sociedad que se dirige al desastre (si no está ya plenamente en el pozo), cuando acerca el foco y retrata a sus personajes, nos encontramos con una generación no ya perdida, sino ahogada en la miseria, en la incapacidad para asumir su identidad, sin poder relacionarse con otros seres humanos de manera saludable, atrapada en la mezquindad y la infelicidad.

Pero el autor no echa toda la culpa a estos treintañeros mutilados, sino que todos los padres que aparecen en la novela son igualmente monstruosos. De una manera o de otra han asfixiado a sus hijos hasta convertirlos en incompetentes emocionales, egoístas sin anclaje ni futuro. Al final, cuando se produzca la esperada reunión, una situación clásica de comedia, ni tan siquiera habrá espacio para el psicodrama revelador: solo más desengaño, furia e imposibilidad para el perdón.

Editorial Siruela
Traducción de Catalina Martínez Muñoz

miércoles, 18 de febrero de 2015

El pecado o algo parecido, de Francisco González Ledesma


La cantidad de groserías y obscenidades que se acumulan en El pecado o algo parecido es de tal calibre que haría empalidecer al sargento chusquero más curtido. Es como si Francisco González Ledesma hubiera reinventado el clásico barroco español para exprimir el lenguaje en todas sus posibilidades ofensivas creando imágenes tan brutas que a veces parecen asustar al mismo Méndez. El lector también puede sentir herido su pudor ante tamañas barbaridades, pero solo mientras se recupera de las carcajadas.

Pero esto no es nuevo en las novelas de Méndez, lo que cambian son los escenarios. En esta ocasión el policía abandona las calles de Barcelona para visitar (de su bolsillo) Madrid y París. Pero, sobre todo en lo que respecta a Madrid, las cosas no cambian demasiado. El mundo en el que se mueve Méndez es solanesco, oscuro, decadente: esto sí que es realismo sucio. Y aquí es donde mejor se mueve, porque lo que no puede soportar es ese impostado aire de modernidad que trata de transformar las ciudades (la eterna Barcelona postolímpica), pero que lo único que consigue es ocultar la mugre, sin acabar con ella. 





Y en esta sociedad de relumbrón es donde se encuentran los verdaderos criminales. No es que González Ledesma caiga en la distinción de entre buenos-pobres y malos-ricos, en la visión del mundo según Méndez la mezquindad está perfectamente redistribuida. Pero a más poder, más capacidad de hacer daño. Si el lenguaje es crudo, la violencia retratada en El pecado no es menos bestial y el mal parece no tener límites. Incluso la justicia, según el concepto que Méndez tiene de la misma, solo puede manifestarse de una manera sangrienta y poco legal.

El argumento de El pecado es tan enrevesado como la forma de expresarse de sus personajes, su desarrollo está tan lleno de casualidades que la verosimilitud se convierte en una broma más, y la resolución no evita el golpe de efecto artificioso. Todos esto son recursos que cualquier profesor de escritura reprocharía, y sin embargo, cuánto hay que aprender de González Ledesma. Alejado de la literatura aséptica, incorrecto ante todo lo que se le ponga por delante, aquí nos encontramos con novelas de verdad.

Editorial Planeta

martes, 17 de febrero de 2015

¿Quién ha visto el viento?, de Carson McCullers


Muchos libros (todos los que merecen la pena, en realidad) tienen una impronta musical más o menos evidente. La fluidez, el tono o el ritmo son características tan relevantes como el argumento o los personajes y que diferencian a un verdadero creador de un juntador de palabras. Pero en el caso de Carson McCullers el influjo de la música es explícito y casi en cada cuento de ¿Quién ha visto el viento? hay un músico o alguna historia relacionada con la música.

McCullers, cuyo reumatismo le impidió desarrollar una carrera como pianista, traslada su frustración a muchos de los personajes que habitan en sus relatos. En buena parte de ellos los protagonistas son niños que empiezan a descubrir el mundo y a los que no les gusta lo que ven. Como la protagonista de Así, que sufre al comprobar el monstruo de egoísmo en el que se ha convertido su adorada hermana y se niega a crecer para convertirse en algo así. O la niña prodigio de Wunderkind, incapaz de asumir lo que el mundo espera de ella.





Otra parte de los cuentos está dedicado a jóvenes que ya han pasado la época de la negación, pero que siguen sin encontrar su lugar. Como en Sin título, quizá el mejor cuento de la colección, en el que Andrew se da cuenta de que el edén de la infancia ha pasado casi sin que se dé cuenta, y de repente se encuentra convertido en un hombre que no sabe qué hacer. A veces se ha considerado a McCullers como una escritora para jóvenes, que no se debería leer con más de veinte años, y aunque sin duda esto es absurdo, sí es cierto que puede ser comprendida por este tipo de lector mejor que por nadie, precisamente porque ella tiene toda su comprensión.

La otra categoría principal de relatos (aunque hay muchos más, algunos de una gran sencillez cómica, otros sencillos apuntes melancólicos) es la de personajes ya maduros, aunque no por ellos más asentados. Suelen ser tipos desengañados, deprimidos, con matrimonios rotos y problemas de alcohol. Pero no son estereotipos, por mucho que nos encontremos con personajes muy similares en la literatura norteamericana de la época. Porque McCullers sabe de lo que habla, y cuando retrata una relación rota, unas ambiciones cortadas de raíz, un sueño desvelado, lo hace con conocimiento de causa.

Editorial Austral
Traducción de José Luis López Muñoz y María Campuzano

lunes, 16 de febrero de 2015

El impostor, de Javier Cercas


Hay muchas maneras de contar la sinuosa, contradictoria y reverberante historia de Enric Marco, pero después de leer El impostor se diría que Javier Cercas ha dado con la versión definitiva. Y no solo porque la investigación del escritor haya destapado todas las mentiras de su personaje, sino porque su acercamiento, más moral que histórico, consigue no solo un retrato matizado y profundo de su protagonista, sino que coloca al propio autor ante el espejo. Y el lector, al menos el lector más riguroso, tampoco podrá escapar a este escrutinio. Nunca quedará claro quién es el impostor del título.

Al contrario de lo que pasaba en Anatomía de un instante, en esta ocasión Cercas se adelanta a todas las posibles suspicacias del lector. Aunque es cierto que el autor tiene cierta tendencia a citarse a sí mismo, por decirlo de alguna manera, hay que reconocerle el valor a la hora de situarse en el centro del foco, con todas su vulnerabilidades al descubierto. De igual manera, es muy consciente de todas las posibles repercusiones de lo que escribe, y se apresura a solventarlas, sin dejar de explorar ninguna de las posibilidades del relato. 





Toda la estructura de esta novela sin ficción está construida a través de ese juego de espejos, de un laberinto que parece llevarnos todo el tiempo al punto de partida. Pero en el camino iremos descubriendo la increíble vida, o, mejor dicho, fabulación de Marco. Y a través de sus invenciones y engaños será Cercas, y con él el lector, quien tendrá que enfrentarse a sus propias mentiras. Así, El impostor, que sigue la tradición de la nueva biografía, con el claro y explícito modelo de El adversario, de Carrère, supone la culminación del género, la autoficción traspasando los límites de la escritura para atrapar también al lector.

Pero es que las dimensiones del empeño son tales que El impostor también ofrece una nueva lectura de la historia de España, o al menos de su percepción. De esa engaño colectivo en el que un país se ha mirado en un espejo que siempre le daba la imagen más conveniente, por falsa que sea. La necesidad de maquillar el propio pasado alcanza categoría de símbolo cuando se contrasta cada avatar biográfico con el momento histórico correspondiente. Entre otras cosas, Marco logró ser creído porque todo el mundo quería creerle.

Editorial Random House

jueves, 12 de febrero de 2015

Deseo, de Liam O'Flaherty


Pese a que su novela El delator ha resistido el paso del tiempo mucho mejor que la película que dirigió John Ford (y hoy parece increíble que Ford labrara su prestigio en adaptaciones como esta, o la que realizó sobre El poder y la gloria de Graham Greene, y no en sus westerns), lo cierto es que si surge el nombre de Liam O'Flaherty enseguida se le relacionará con esa película, ni tan siquiera con su libro. Sin embargo, Deseo certifica que O'Flaherty no fue el autor de un solo éxito, sino que tuvo una obra muy personal y poderosa.

Quizá se deba a nuestra debilidad por los autores irlandeses, pero en cuanto abrimos las páginas de Deseo nos sentimos en un lugar reconocible y confortable. Y no porque el retrato de O'Flaherty sea precisamente edulcorado: la vida es dura y a menudo decepcionante, los paisajes tan bellos como hostiles, la pobreza y las necesidades lo ensombrecen todo. Pero, a pesar de todo esto, hay en la escritura de O'Flaherty algo de exultante que incluso en las situaciones más desesperadas ofrece un reflejo de luminosidad.




Los primeros relatos de Deseo, muy breves, se centran en animales, bebes o ancianos que han perdido la cabeza. No tienen una conciencia desarrollada, pero el autor sabe ponerse en su piel y describir el mundo tal y como ellos lo perciben. O'Flaherty retrata la naturaleza como es, sin adornos ni sentimentalismo, en contra de lo que dice el tópico sobre los irlandeses. Es capaz de encontrar humanidad un cangrejo y de transmitir las sensaciones más elaboradas a través de la pura descripción, sin ninguna intencionalidad psicologista. De hecho, muchos de los cuentos del libro son retratos expresionistas, sin una trama definida.

La escritura de O'Flaherty es sumamente pictórica, colorista y más atenta a los detalles visuales que al desarrollo dramático o a la construcción de personajes. Lo que no impide que en algunos de los cuentos demuestre que también sabe contar una buena historia de amor, de venganza o burlesca, aunque en ningún caso se trata de géneros puros. En medio de la más sincera evocación poética, podemos encontrarnos con un guiño malévolo; durante una escena paródica, de repente se cuela la melancolía. Para lo único que no hay espacio en las páginas de Deseo es para lo previsible.

Editorial Nórdica
Traducción de Antonio Rivero Taravillo

miércoles, 11 de febrero de 2015

Falconer, de John Cheever


Aunque hoy en día John Cheever es admirado sobre todo por sus cuentos, que a menudo se toman por fiel reflejo de los Estados Unidos de los años 50 y 60, hay que recordar que en esa época Cheever era un escritor respetado, pero ni se le consideraba un maestro ni tenía una gran repercusión popular. No fue hasta que publicó sus novelas sobre los Wapshot y, sobre todo, Falconer, convertido en un bestseller instantáneo, que Cheever alcanzó un reconocimiento del que todavía disfruta.

Y es que si sus relatos de la vida suburbial han marcado la imagen que tenemos de la América dorada, bajo cuyo esplendor se escondía la miseria y el tedio, en Falconer Cheever retrata un nuevo país, corrupto y enquistado, en el que no hay mejor metáfora social que la cárcel. Su protagonista, Farragut podría, ser un personaje de un cuento típico de Cheever, un profesor universitario ilustrado, con una infancia difícil y graves problemas emocionales. Pero en los 70 lo que hubiera sido el retrato de un alcohólico sin perspectivas se transforma en el perfil un drogadicto y criminal.




Además de la adicción, en Falconer Cheever también recurre a otras de sus obsesiones, como la homosexualidad. Si en otras ocasiones ya se había ocupado de un asunto que personalmente le trastornaba, en Falconer lo hace de manera cruda y sin sentimentalismo, con esa mezcla de atracción y repulsión que tanto le afectaba. También aparecen, expuestos de una manera despiadada y cruel, temas como el matrimonio, la relación entre hermanos o, de manera más abstracta pero no menos poderosa, la libertad.

En esta novela el estilo de Cheever es más crudo que nunca. La historia avanza a trompicones, sin que importe demasiado la progresión cronológica, pues, como debe de suceder en la cárcel, los días y los sucesos se confunden. A menudo Cheever da la oportunidad a sus personajes para que cuenten sus historias como si se confesaran, y consigue que su voz suene tan auténtica y creíble como despojada. No hay simpatía hacia sus criaturas, y la crítica al sistema penitenciario se mezcla con la observación de una sociedad decadente en la que quizá nadie merece el perdón.

Editorial Salvat
Traducción de Aníbal Leal

martes, 10 de febrero de 2015

La huella del ángel, de Nancy Huston


Saffie, la protagonista de La huella del ángel es un personaje sin nostalgia, elemento sin el que se diría que la literatura no es posible. Sin embargo, Nancy Huston no solo supera este escollo, sino que logra construir una novela de amor en la que apenas hay romanticismo, y cuando este se cuela por algún resquicio, la autora se las arregla para mantener la perspectiva. Pero tampoco se trata de un libro cínico ni distante, sino que pese a la frialdad y lo afilado del estilo, o quizá precisamente por eso, consigue llegar al lector sin el estorbo de lo accesorio.

Un acierto pleno de Huston es el tono del narrador, una voz burlona y juguetona que no solo cuenta la historia, sino que la comenta combinando el despotismo del creador con las limitaciones que el relato se impone a sí mismo. Es como si Huston, embozada en las esquinas de la narración, desde donde observa a sus personajes con curiosidad y algo de malicia, quisiera demostrar que las historias, una vez creadas, adoptan sus propias decisiones, y el autor solo puede intentar contenerlas, a menudo sin éxito.




La elección del lugar (Francia) y el momento (finales de los años 50 y principios de los 60, en pleno conflicto argelino) pueden parecer azarosos. Al fin y al cabo, la historia de la desdicha de Saffie podría tener lugar en cualquier época y espacio. Pero poco a poco vamos comprendiendo la trascendencia de esta elección, el eco del pasado en la personalidad y las actitudes de sus personajes. Hasta el en apariencia inocuo Raphael, el improbable marido de Saffie, puede ser comprendido y incluso compadecido.

Al fin y al cabo, la historia de La huella del ángel es la historia de una mujer que trata de recuperar la inocencia, que tras una serie de experiencias traumáticas cree vislumbrar la posibilidad de la felicidad. Huston se la juega tratando no solo este drama, sino incluso el nazismo y las barbaries francesas durante la descolonización con cierta ironía. Hay quien dice que solo asumiendo el pasado se puede mirar el futuro con claridad, pero Huston parece decirnos que la culpa nunca se acaba de limpiar, y que el único tratamiento eficaz es el olvido. Si fuera posible.

Editorial Salamandra
Traducción de Eduardo Iriarte

lunes, 9 de febrero de 2015

Los niños se aburren los domingos, de Jean Stafford


Aunque no respete el título original (el mucho más neutro The Collected Stories of Jean Stafford) la elección de Los niños se aburren los domingos es todo un acierto (al igual que la fotografía de cubierta). Este título supone en sí mismo un excelente adelanto de lo que el lector se va a encontrar en los relatos de Jean Stafford, esa sensación pesarosa de angustia y tedio, ese mundo dominado por la insatisfacción y la tristeza.

Pero la buena literatura tiene la capacidad taumatúrgica de transformar esa existencia lánguida en una experiencia fascinante (remarcamos lo de “buena” literatura, pues hay tonelada de libros que pretenden esconder detrás de pretensiones de trascendencia lo que no es más que el truco más fácil del mundo: el existencialismo a través del aburrimiento sideral). Pero Stafford es de las genuinas, de las que sabe obrar el milagro de la transustanciación mostrando su vida sin reparos y transmitiendo una autenticidad que no se puede impostar. 




Y en la vida de Stafford se dio esa infausta mezcla de mala suerte y carácter autodestructivo que se refleja en unos cuentos que parecen empeñarse en negar la felicidad. Este fatalismo queda patente en relatos como La historia de Beatrice Trueblood, en los que una y otra vez, a despecho de las oportunidades que parezca ofrecer el destino, sus protagonistas desechan la posibilidad de llevar una vida satisfactoria. Perteneciente a la generación de Cheever (aunque su estilo conecta mejor con Henry James), Stafford también sufrió la maldición del alcoholismo y la depresión, y en su escritura se refleja esa derrota cotidiana en la que no hay atisbo de salvación.

Los personajes de Stafford (como le pasaría a ella misma) siempre se encuentran en una posición incómoda. Sus mujeres suelen moverse del oeste americano a la costa este, y aunque estas condiciones geográficas a nosotros puedan parecernos ajenas, en realidad lo comprendemos perfectamente: es el sentirse desplazada, sin poder estar a gusto en su propia piel. Siempre pendientes de la opinión de los demás, sin unas raíces en las que confiar ni un porvenir seguro, las heroínas de Stafford se encuentran a merced de un destino implacable.

Editorial Sajalín
Traducción de Ana Crespo

viernes, 6 de febrero de 2015

Roseanna, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

 
En Roseanna, que fue la primera novela protagonizada por Martin Beck que escribieron MajSjöwall y Per Wahlöö, ya quedaban claros los rasgos de estilo que iban a caracterizar la serie. Por una parte, nada de adornos narrativos, sino un radicalismo luterano que le llevaba a concentrar toda la atención del relato en sus aspectos más básicos. Pero, por otro lado, no hay apresuramiento ni una acción acelerada, sino que la narración se toma su tiempo, con amplios espacios para la reflexión.

En algunos momentos Roseanna se convierte casi en un estudio criminalístico de formalidad científica. Los interrogatorios son presentados sin aditivos, a veces en forma de meras transcripciones. Y la investigación es seguida con el rigor y la prudencia de un estudio académico, como si en lugar de policías que buscan a un criminal estuviéramos ante biólogos que observan una nueva bacteria. Apenas hay espacio para la pasión, por lo que sus personajes son descritos con frialdad, casi con una perspectiva aséptica.





Pero esto no significa que la lectura sea impersonal ni que los protagonistas nos sean ajenos. Debajo de esta capa de profesionalidad (tanto de Martin Beck como de los autores), también caben consideraciones más turbias, un trasfondo que va más allá de la mera descripción de una caza al hombre. El caso en el que se centra, el asesinato de la joven Roseanna es de por sí repulsivo, pero las implicaciones que más adelante se irán desvelando dotan a la novela de una profundidad que la convierte en algo más que un medio de entretenimiento.

Por ejemplo, hay una simple frase (“pobre hombre”) que en un principio nos pareció no solo fuera de lugar, sino totalmente inverosímil. Pero si se piensa en ella, da la clave de los métodos de Sjöwall y Wahlöö. El lector puede tener unos principios muy claros y unas convicciones seguras, pero ante lo que presentan tienen que replantearse estas certezas. De la misma manera, Roseanna aparece como una novela negra que no se aparta del canon clásico, pero detrás de su convencionalismo se esconde un secreto mucho más inquietante.

Editorial RBA
Traducción de Cristina Cerezo y Martín Lewell

miércoles, 4 de febrero de 2015

Titanes de la historia, de Simon Sebag Montefiore


Con Jerusalén y los dos tomos de su biografía sobre Stalin Simon Sebag Montefiore ha demostrado ser uno de los historiadores más conspicuos de la actualidad. Como tampoco le falta ambición ni entusiasmo, parece la persona idónea para acometer una empresa de la envergadura de Titanes de la historia, un recorrido a lo largo de 2.300 años de historia en el que retrata a alrededor de doscientos personajes que han cambiado la faz de la tierra.

Como indica el propio Montefiore en el prólogo, en los últimos tiempos la Historia se ha convertido en una disciplina que parece tener como pretensión asustar a los niños al querer acumular datos y teorías abrumadoras (lo cual está muy bien en el estudio superior, pero no como materia de introducción), cuando la Historia también es el relato de sucesos fascinantes, la vida de personajes monumentales y la reivindicación de un conocimiento que no tiene por qué se útil, pero del que siempre se sacan conclusiones. 





Inevitablemente en Titanes de la historia, dirigido a un público amplio y no especialista, Montefiore tiene que recurrir al esquematismo (no se puede pedir gran exhaustividad en un perfil biográfico de Julio César que ocupa tres páginas), y también se da por descontado cierto anglocentrismo (se habla de Ricardo III pero no de Felipe II, o de Pepys pero no de Dante), aunque el conjunto ofrece una visión amplia y variada de la historia a través de algunos de sus más destacados representantes.

Lo más desolador de la lectura del libro es que por cada Nelson Mandela que ha producido la humanidad han surgido diez Sadam Husein. Y aunque Montefiore se centre en estos colosos, queda la cuestión de cómo es posible que sus disparates más sanguinarios, sus locuras homicidas y sus sueños de destrucción fueran (y sigan siendo) seguidos por unas masas sufrientes pero también colaboradoras. Así que pese a resplandores de heroicidad y destacados casos de hombres y mujeres admirables, la sensación que deja es desoladora.

Editorial Crítica
Traducción de David León

martes, 3 de febrero de 2015

Lo sabré por su mirada, de Ethel Marr



-¡Pero si es Lys Hunt!

Aunque la exclamación fue más para sí misma que un grito de alarma, los otros clientes que había en la tienda recibieron claramente la información y a su vez la fueron trasmitiendo, hasta que al parecer nadie en el mercadillo fue ajeno a la presencia entre ellos de la estrella televisiva.

Como se había temido, Lys fue objeto de una demanda masiva de autógrafos y fotos, pero el barullo que se montó fue tal que, por una vez, sintió verdadero pánico de ser engullida por sus fans. Rafe, que enseguida detectó su angustia, intentó por todos los medios sacarla de allí, pero la masa de admiradores, creyéndole un listo que pretendía colarse, le apartó todavía más de ella.

Lys proclamó su agradecimiento y rogó que le dieran algo de espacio, pero la gente parecía trastornada por una necesidad de acercarse a ella. En realidad no se trataba de más de veinte o veinticinco personas, pero Lys cada vez se sentía más preocupada, y sin ver otra alternativa para salir de allí, comenzó a empujar a sus admiradores, abriéndose paso a manotazos. La sorpresa que causó esta actitud entre los peticionarios hizo que se abriera un pasillo por el que Lys salió corriendo hasta alcanzar Upper Bridge.

Ya fuera del mercadillo Lys pudo tomar aire y tranquilizarse. Pero por poco tiempo. Cuando se dio la vuelta comprobó que sus fans, tras recuperarse ellos también de la impresión de verla huir violentamente, querían continuar con la caza. En ese momento Lys vio que delante de ella se paraba un coche de caballos. La situación no podía ser más surrealista.

-Rápido, sube -le dijo un tipo con barba de una semana y una gorra cutre mientras le ofrecía una mano para ayudarla a subirse al carruaje.

Lys miró hacia atrás y vio que la gente cada vez estaba más cerca. Luego miró el coche de caballos y al hombre que le ofrecía su mano. Se encogió de hombros y se subió al carruaje.

Disponible en Amazon y Create Space


lunes, 2 de febrero de 2015

El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan


Cuando un autor se pone a escribir una novela normalmente tiene claro que quiere llegar de A a B, pero lo interesante es lo que pasa en el camino. Este, en una novela clásica, es director, quizá con algún meandro, pero despejado y fácil de seguir. Sin embargo, en la novela contemporánea el trayecto es divergente, repleto de saltos hacia delante y retrocesos inesperados. Y aunque el lector actual ya está acostumbrado a estos juegos narrativos y puede guiarse con soltura, a veces todavía nos podemos encontrar con novelas que desafían cualquier conformismo y que nos plantean un reto tan estimulante como refulgente.

Si en La torre del homenaje Jennifer Egan construyó un perfecto artefacto novelesco que se podría estudiar como la manera canónica de contar una historia manteniendo el interés fascinado del lector en cada página, en El tiempo es un canalla dobla las apuestas y nos enseña en qué consiste la narrativa del siglo XXI. Como si de un disco conceptual se tratase, la autora hace uso de todo tipo de recursos narrativos para construir un panorama tan ambicioso y completo de gran escala como, en el fondo, humanista y cercano.




Porque cada capítulo de El tiempo es un canalla es un ejercicio de estilo en el que Egan juega con el tiempo, la perspectiva, el tono o los géneros literarios. Pero no se trata de un pastiche o de una vacua demostración de virtuosismo. Aparte de la maestría de la autora para conseguir una sutil unión entre las centrípetas partes que componen la novela, hay un fondo que podríamos considerar moral que envuelve toda la narración y que convierte este variopinto muestrario de personajes en un unitario mapa de la conciencia contemporánea.

El tiempo es un canalla ganó el premio Pulitzer y es considerada como una de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, y sin embargo nos parece que no se le ha dado la suficiente importancia, que Egan debería ser tan famosa como Messi, que sus libros tendrían que discutirse en interminables tertulias televisivas... Aunque mejor no, que cada lector sea capaz de descubrir por sí mismo las maravillas que ofrece y disfrutar íntimamente de lo mejor que la literatura puede ofrecernos. Y eso siempre es privado.

Editorial Minúscula
Traducción de Carles Andreu