martes, 31 de marzo de 2015

El espejo del mar, de Joseph Conrad


Escrito cuando ya había vuelto la espalda al mar, pero aún conservaba su pasión, en El espejo del mar Joseph Conrad quiso plasmar este mismo ardor por la marinería a través de su estilo reposado y detallista. Porque es muy fácil dejarse llevar por el fervor y la exaltación, sucumbir a la nostalgia y la elegía, pero es más complicado hacerlo manteniendo la compostura y trasladando la misma precisión y responsabilidad del trabajo en el mar a la escritura.

En este libro Conrad deja clara su devoción por la vida en el mar, incluso cierto desprecio hacia las gentes de tierra adentro (esos que dicen “echar el ancla”), pero tampoco oculta la dureza de este tipo de existencia, incluida la ingratitud de ese ser que a veces parece tener vida propia que es el mar (al igual que otros elementos igualmente impredecibles, o no tanto, como el viento). Visto con perspectiva, para el autor, con todos sus sinsabores, la plenitud de su vida se encuentra en sus días en el mar.




Y la descripción de sus experiencias, incluso para las persona más ajena al atractivo del mar que se pueda imaginar, consigue transmitir no solo esta admiración, sino el respeto por los códigos que rigen en un barco, para Conrad mucho más rectos y ejemplares que los que se practican en tierra. En los momentos más exigentes, en los que realmente es cuestión de vida o muerte, cada uno demuestra del verdadero material del que está hecho. Y, como sabemos por sus novelas y relatos, eso nunca nadie lo olvidará.

Pero no hace falta acudir a situaciones tan extraordinarias. Conrad también reivindica la parte más artesanal del oficio del mar. El barco bien hecho, incluso el barco de regatas de aficionados, para el que hay que poner lo mejor de sí mismo si uno quiere convertirse en un verdadero capitán. La asunción de responsabilidades, el comportamiento riguroso pero comprensivo. Con calma, sin que sobre ni falte nada, Conrad desarrolla sus ideas y recupera sus vivencias. Pero no tiene que convencer a nadie, su testimonio tiene el peso de lo verdaderamente sentido.

Editorial Reino de Redonda
Traducción de Javier Marías


lunes, 30 de marzo de 2015

El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos


Frente a la mayoría de las novelas editados por la “industria del libro”, elaboradas con una fría profesionalidad, hay una minoría de textos que parecen responder a una necesidad física, confesiones que bullen en el cerebro de los autores y que encuentran su manifestación en obras torrenciales y salvajes. Y es una suerte que esos escritores puedan dar escape a esa furia que habita en ellos a través de la literatura, porque sin duda otras formas de expresión serían mucho más brutales.

De esta manera Agustín Gómez Arcos utilizó El cordero carnívoro para dar rienda suelta a una pasión que ardía en su corazón. No sabemos lo que la historia de la novela tendría de autobiográfica (Luis Antonio de Villena cuenta en el prólogo que el autor evitaba dar explicaciones al respecto), pero de lo que no hay duda es de que Gómez Arcos la sentía como algo muy personal, como un resquemor íntimo del que debía librarse si quería seguir viviendo.




La confesión del protagonista y del autor cobra forma de vómito irrefrenable en el que el se entremezcla el recuerdo de un amor incestuoso y homosexual y el de un odio fervoroso hacia la madre. Pero contando con un argumento tan poderoso, lo más peculiar de la novela es que se puede leer no tanto como una historia sobre tabúes y sentimientos inefables, sino como una muy particular historia de la España franquista quebrada por las secuelas de la Guerra Civil.

Tratándose de una cuestión tan íntima, también es curioso que Gómez Arcos la escribiera en francés, aunque quizá haya historias que solo se pueden escribir en un idioma ajeno. En cualquier caso, si los libros de manual de los que hablábamos al principio suelen tener tanta solidez formal como falta de vida, libros como El cordero carnívoro resplandecen en su verdad pero flaquean en su construcción. Gómez Arcos supo superar este escollo gracias a un fulgor que no admite términos medios.

Editorial Cabaret Voltaire
Traducción de Adoración Elvira Rodríguez

viernes, 27 de marzo de 2015

Made in England, de Doris Lessing


En una escena aparentemente lateral de Made in England Doris Lessing cuenta su infructuosa búsqueda de la genuina clase obrera, guiada por un teórico marxista que la hace moverse en círculos hasta que comprende que no hay manera de aprehender eso de la “clase obrera”. De la misma manera, su búsqueda de lo inglés (título original del libro) está destinada al fracaso, y no ya por lo esquivo del concepto, sino por la naturaleza intrínsecamente resbaladiza del inglés.

Porque se podrán despreciar los tópicos (y más los nacionales), pero que se lo cuenten a Lessing. Como hija de ingleses (o algo parecido) nacida y criada en las colonias, para ella Inglaterra se había convertido en una especia de mito que quería conocer como quien pretende viajar a Camelot. Pero cuando llegó a la Madre Patria, en 1949, con las secuelas de la Segunda Guerra Mundial todavía claramente patentes, lo que se encontró fue un país de excéntricos en el que todo era muy raro.




Es universalmente conocida esta peculiaridad inglesa que los convierte casi en una raza aparte, además de su xenofobia de onda corta (en el mejor de los casos) que les hace ver a los extranjeros como pequeños seres curiosos. Por lo que Lessing (extranjera, sin lugar a dudas), con un hijo pequeño, en absoluta precariedad económica y con vagos sueños románticos y literarios, tuvo que enfrentarse desde el principio a lo que parecería una conspiración para acabar con sus ilusiones.

Pero si hay algo que redime a los ingleses, es su sentido del humor, y Lessing no solo supo captarlo a la primera, sino que con Made in England demostró que podía convertirse en uno de sus mejores exponentes. En realidad durante todo el libro la autora permanece en un segundo plano cada vez más discreto. Lessing, como el lector, se siente fascinada por estos personajes un poco locos y con toda humildad les deja el espacio necesario para que desarrollen sus jugarretas, pequeños trucos de supervivencia y bajezas miserables. Quizá no haya encontrado lo inglés, pero se ha acercado todo lo humanamente posible.

Editorial Lumen
Traducción de Mª Luisa Borrás

miércoles, 25 de marzo de 2015

El misterio de la carretera de Sintra, de Eça de Queirós y Ramalho Ortigão


El misterio de la carretera de Sintra, primera novela de Eça de Queirós (escrita en colaboración con Ramalho Ortigão) pertenece a ese extraño tipo de libros que se sitúan en una época de ruptura en el que un género agoniza pero todavía no ha dado paso a una nueva corriente preponderante. Pero lo más raro no es comprobar lo bien que se las arreglaba el que sería maestro del realismo portugués en los territorios del romanticismo, sino la modernidad de una narración autoconsciente que da otro significado al término “posromántico”.

En realidad El misterio se podría leer fácilmente como el clásico folletín decimonónico (fue publicado por entregas en el Diario de Noticias en 1870) en el que no faltan ninguno de los típicos ingredientes de este género. Pero sería perderse lo mejor. En la novela nos encontramos con un crimen sin explicación aparentes, personajes embozados, veneno, viajes exóticos y mujeres misteriosas (no falta ni la exuberante española, inevitablemente llamada Carmen: ni tan siquiera en Portugal la imagen de lo español pasa de ser una caricatura romántica).




Pero lo más curioso es que los autores, que saben bien lo que todo este entramado novelesco tiene de artificioso, juegan con el concepto de folletín y en algún capítulo incluso lo ponen en duda de manera explícita. Al construir la narración a través de diversas voces que dan su propia versión de lo sucedido, introducen a un corresponsal agrio y agudo que no deja de criticar lo que ve como una construcción manida e inverosímil. Se podría considerar como ponerse la venda antes de la herida, pero conocido el talento Eça de Queirós lo interpretamos más bien como otro elemento más en su cuestionamiento de la novela popular más común en aquella época.

Lo cierto es que El misterio adolece de no pocos defectos en su construcción y que en algunos momentos la parodia parece dejar paso a un genuino espíritu romanticista hoy muy pasado de moda. Pero, como pasaba con El monje respecto a la literatura gótica, El misterio se puede leer como la gozosa culminación de un género, un libro en el que todo está permitido y la imaginación no tiene ninguna cortapisa. Es tan fácil dejarse llevar por su argumento que sería un desperdicio ponerse a buscarle algo de coherencia. Para eso ya tenemos muchos otros libros perfectamente sólidos e inanes.

Editorial Acantilado
Traducción de Carmen Martín Gaite

martes, 24 de marzo de 2015

Todo un hombre, de Tom Wolfe


Hoy en día La hoguera de las vanidades ya se considera como uno de los mejores retratos de la sociedad americana en los años 80, y la misma consideración se podría atribuir a Todo un hombre respecto a los 90. Pero en realidad la obra de Tom Wolfe no debería circunscribirse a una épocas y lugares tan determinados, pues no sería difícil releer estas obras en clave actual y de aquí mismo. De hecho, son sorprendentes la cantidad de similitudes que se pueden encontrar entre los libros de Wolfe y Rafael Chirbes.

Y es que aunque se tenga a Wolfe como un escritor de bestsellers (será que no se ha encontrado otro motivo de crítica que su éxito comercial), saltan a la vista sus cualidades literarias. Wolfe puede permitirse su ambición balzaquiana para dibujar grandes panorámicas sociales gracias no solo a su gran formación y su demostrada valía para el reportaje, sino a su capacidad para adentrarse en muy diversos espacios y mimetizarse con sus personajes. Ya sea en los círculos más selectos o en las calles más peligrosas, Wolfe se mueve con naturalidad y logra no parecer impostado, sino con conocimientos de primera mano.




Incluso cuando echa mano de los recursos literarios más cuestionables, como el deus ex machina (que en Todo un hombre alcanza proporciones homéricas), lo hace de tal manera que tenga sentido intrínseco con el conjunto de la narración. Es decir, el fondo moral, filosófico, de la novela encaja a la perfección con esta intromisión de un ser superior (Zeus o el mismo Wolfe) que maneja los hilos a su capricho y que consigue llevar a sus criaturas al sitio que desde un principio les tenía destinados.

Algo similar hace con el lector. En las más de mil páginas de Todo un hombre hay una cantidad inabordable de personajes, historias paralelas y cruzadas, desvíos inesperados y colisiones explosivas. Se tratan grandes temas habituales en Wolfe, como las diferencias sociales y de género, el racismo o la preponderancia del dinero en el mundo actual. Pero también acerca el foco y se detiene ante seres humanos, a los que describe con tanta cercanía que a veces deja de lado su ironía característica para demostrarnos que más allá de la fábula hay una historia verdadera.

Editorial Ediciones B
Traducción de Juan Gabriel López Guix

viernes, 20 de marzo de 2015

Del color de la leche, de Nell Leyshon


Aunque todos los libros están formados por palabras, algunos transmiten la sensación de agobio, de saturación, como si su intención fuera hostil, de invadir al lector más que conquistarlo (y aquí el matiz es importante), mientras que otros fluyen de una manera natural, pacífica, penetrando en la mente del lector de manera delicada, como pidiendo permiso. Y pese a que en Del color de la leche encontramos una historia dura y en algunos momento incluso brutal, la sensación que transmite es como si nos purgara de tanta literatura.

La opción narrativa elegida por Nell Leyshon al darle voz a Mary, una muchacha iletrada del siglo XIX no deja de ser arriesgada, pues por una parte el reto de contar una historia formada en gran medida a base de subtexto y sutilezas a través de una escritura naïf y de apariencia poco elaborada parece jugar en contra, aunque en realidad consigue redoblar el efecto gracias a su estilo sin afectaciones ni adornos. Cierto que Mary nos cuenta siempre la verdad (excepto en un aspecto tan innecesario como inútil, única pega, por lo demás incomprensible en toda la construcción de la novela), pero ya sabemos desde hace mucho que la verdad es solo una parte de la historia.




Por otra parte, un riesgo aún mayor es el de caer en la autocomplacencia, en la exhibición del artificio como fin más que medio, como en esas novelas en las que el autor dice a cada página “aquí estoy yo”. Por el contrario, Leyshon evita todas las trampas del virtuosismo y desaparece detrás de la voz de Mary, quien realiza una confesión tan terapéutica para ella como para el lector. Si Mary es directa e ingeniosa, la forma en la que nos cuenta su vida es igualmente seca, con una extraña mezcla de humor y dolor.

Leyshon también demuestra una gran consistencia al evitar el acechante peligro de la explicitud (en el que tan fácil sería caer, como demuestra el prólogo de Valeria Luiselli, que más que nunca es mejor dejar para el final). La autora es tan consciente de la fuerza de su relato que no necesita utilizar recursos de manual para exponer una tesis. Del color de la leche es una excelente novela que, como su protagonista, se vale por sí misma sin que tenga que echar mano de justificaciones ni reivindicaciones para exponer su caso.

Editorial Sexto Piso
Traducción de Mariano Peyrou

miércoles, 18 de marzo de 2015

Un buen detective no se casa jamás, de Marta Sanz


Como si en lugar de un detective se tratara de un mago, Arturo Zarco no deja de sacarse conejos de la chistera. Pero ni tan siquiera se trata de habilidades investigadoras (es un mal observador, déficit no menor para alguien con su oficio), ni de la capacidad para dar con pistas imprevistas como si fuera una novela de Agatha Christie. Los recursos que Zarco tiene para regalar son referentes culturales de todo tipo y que a veces parece que van a causarle un atragantamiento.

El derroche de citas que Marta Sanz despliega en Un buen detective no se casa jamás es tal que en algunos momentos puede abrumar e incluso agotar al lector, que o bien entra en el juego de tratar de pillar todos los guiños o puede dejarse arrastrar por la avalancha referencias. Pero Sanz no se conforma con esta demostración de dominio de amplios y diversos campos culturales, sino que también ejecuta un estilo barroco según el cual el mejor camino siempre es el más complicado.




Y eso que la trama puramente detectivesca de Un buen detective, además de tardar mucho en llegar, es de una sencillez casi arquetípica, aunque adornada con infinitos requiebros. Zarco está de vacaciones y durante gran parte de la novela nos preguntamos a dónde llevará todo esto, más allá del regocijante y auto satisfactorio juego estilístico. Será con la adición de los cuentos de hadas y su reflejo siniestro como la historia acabará de tomar forma.

Entre tantos autores mencionados explicita y lateralmente en la novela, elaborar una lista de modelos sería arduo e inútil, pero aparte del más que evidente paralelismo con las películas Hitchcock, y especialmente Vértigo (como queda patente en la portada elegida), el estilo de Sanz puede recordar al Gonzalo Suárez más pop y desatado, capaz de convertir el relato detectivesco más convencional en un artefacto de vanguardia en el que parece haberse alterado el orden de los rollos de la película.

Editorial Anagrama

martes, 17 de marzo de 2015

Una historia violenta, de Antonio Soler


Aunque ya desde el título el lector sabe a lo que atenerse, la brutalidad de Una historia violenta, expresada de una manera seca y neutra, casi como si el narrador, víctima de la misma, la observara desde una asepsia quirúrgica, tiene un doble impacto logrado precisamente por su rudeza y su contundencia implacable. Si Antonio Soler hace que el narrador adulto puede contemplar con perspectiva los sucesos que vivió su niño protagonista, la inmediatez que se le revela al lector no cuenta con la distancia necesaria para asimilar el golpe.

En el libro en ningún momento se especifica el momento ni el lugar en el que se desarrolla la acción, por lo que si no conociéramos al autor tendríamos pocas pistas para identificar estas claves. Pero es que tampoco importa demasiado, porque el interés de Soler parece ser más antropológico que sociológico. El comportamiento de sus criaturas, sus motivaciones y reacciones, son expresadas de manera implícita, pero son lo suficientemente humanas como para que todo se pueda comprender.




El argumento de la novela es mínimo, marcado en cada una de sus partes por un acontecimiento muy concreto alrededor del cual se crean pequeñas historias domésticas y giran una serie de personajes familiares reconocibles tanto en sus aspectos cotidianos como de tradición literaria. Pero ese ambiente casi costumbrista choca de manera sutil con esas explosiones en las que la naturaleza más primaria de algunos de los personajes se manifiesta sin cortapisas.

Y este impacto es todavía más potente en la parte final, de una escabrosidad que el estilo aparentemente imparcial no ayuda a hacer más asimilable. Al contrario, Soler sabe moverse en el territorio de la frialdad para dibujar escenas que dejan al lector congelado, pero es un hielo que quema. A lo largo de toda la novela el crescendo ha estado perfectamente pautado, y cuando llegamos a la desgracia con la que se cierra el libro la acumulación de violencia ha sido tal que la agonía solo puede dar paso a la perplejidad.

Editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores

lunes, 16 de marzo de 2015

Filomeno, a mi pesar, de Gonzalo Torrente Ballester


El título Filomeno, a mi pesar puede parecer un chiste fácil, demasiado tratándose de una novela de Gonzalo Torrente Ballester. Y, efectivamente, el lector enseguida se dará cuenta de toda la intención que lleva ese sencillo enunciado. Porque el Filomeno que nos cuenta su vida en este libro es como esos personajes flojos de ciertas novelas cuya existencia solo esta justificada por las necesidades del autor de encauzar a través de su protagonista una historia más amplia, pero que limitado a su carácter simbólico o instrumental se queda sin vida, como un estafermo cuya única misión es recibir los golpes del destino.

El Filomeno de esta novela es una persona fría, que siempre ve el mundo con perspectiva, evitando involucrarse y sin ser capaz de decidirse a tomar sus propias decisiones. Su lema podría ser “no sé”. Y sin embargo no es un personaje flojo, al contrario, está lleno de matices y de individualidad. Solo que es una persona floja que atraviesa la historia casi sin enterarse, como si no fuera con él. No porque no sé de cuenta, es muy consciente de su apatía, sino simplemente porque hay algo que falta en él.

Esa carencia Filomeno la intenta suplir rodeándose de mujeres fuertes, decididas y directas, pero de alguna manera siempre acabará escapándosele la posibilidad de seguir una vida normal, como la que todo el mundo esperaba de él y sus privilegios le facilitaban. La primera mujer que marca su vida, muerta su madre al darle a luz, es Belinha, su ama de cría y fuente primordial de amor ante las reticencias sentimentales de su padre. Ya en este primer amor platónico e imposible Filomeno conocerá de primera mano los reveses que provoca el romantismo.

Y es que Filomeno es ante todo un personaje literario. Y no queremos decir falso, sino que él se ve a sí mismo y al mundo que le rodea como una creación artística. Para él la realidad es algo muy relativo, inaprensible, mientras que el relato literario le permite dotar de coherencia aquello que se escapa a su comprensión. También dota a su mirada de un aura romántica y un punto inverosímil que le creará problemas a la hora de enfrentarse al mundo real, pero que también le proveerá de refugio en los momentos más duros.




El segundo gran amor de Filomeno será Ursula, una aparición alemana de una atractivo evasivo. Si hasta entonces Filomeno ha visto pasar la historia de perfil, ahora tendrá que afrontar la violencia de un tiempo especialmente turbulento. Si España vive tiempos agitados, el resto de Europa parece acercarse al abismo y en Alemania los nazis ya empiezan a mostrar su fanatismo totalitario. Ursula es una heroína trágica que se ve obligada a actuar por una moral que no comparte, pero a la que se siente ligada. Y Filomeno tendrá que permitir que elija su propio camino de redención.

Junto a Filomeno y don Romualdo, un fascinante personaje que se inventa su propia vida desdichada, el carácter más novelesco del libro es el de Clélia, que no casualmente se llama igual que la protagonista de La cartuja de Parma. Se trata de una mujer misteriosa de la que nunca se sabrá si está loca o qué hay detrás de su enigmático comportamiento. Por último Filomeno conocerá a María de Fátima, caprichosa y segura de sí misma. Filomeno es consciente de su peligro, pero a duras penas logrará escapar de su atracción.

Pese al amplio marco temporal y espacial que se desarrolla en la novela, Torrente Ballester logra mantener una narración sostenida, sin altibajos, con una continuidad no interrumpida pese a los vaivenes de la narración. Como en sus mejores obras, queda patente la maestría del autor para el relato puro, siendo capaz de tejer una historia de más de quinientas páginas y sin diálogos en la que mantiene al lector en perpetuo estado de expectación. Tenemos que seguir reivindicando a Torrente Ballester, pocos autores en español del siglo XX nos divierten tanto y tienen tanto que enseñarnos.

Editorial Austral

viernes, 13 de marzo de 2015

Casarse, de August Strindberg


De igual manera que hoy es difícil pensar que hace apenas un siglo Suecia era uno de los países más pobres y atrasados de Europa, resulta arduo imaginar las condiciones de las mujeres en aquella época, cuando los más elementales derechos les eran negados y cualquier intento de igualdad era considerado incluso una blasfemia. Es en este contexto en el que hay que situar a August Strindberg cuando escribió Casarse para poder empezar a intentar comprenderlo.

Tarea en absoluto sencilla, pues no solo algunas opiniones de Strindberg hoy aparecen totalmente desfasadas, sino que a menudo son tan radicalmente opuestas que parecen proceder de dos personas diferentes. Por ejemplo, si en el prólogo a la primera parte de Casarse expone un progresista programa en defensa de las mujeres en el que solo previene del voto feminino hasta que las mujeres hayan alcanzado una educación que las permita expresar su propia opinión (idea discutible, pero razonada), en el prólogo a la segunda parte sale con la peregrina idea de que el voto les debería estar vedado porque no realizan el servicio militar.




Y es que a menudo da la impresión de que Strindberg tenía una mente estrecha, en el sentido de que sus propias experiencias personales marcaban su ideología. Como le pasa a todo el mundo, cierto, pero en el caso de un artista se corre el peligro de que esas ideas ensombrezcan su creación, que se puede convertir en una burda manera de expresar a través de la literatura posiciones políticas, con el peligro de caer en el sermón. Y el verdadero artista siempre debe situarse por encima de sus propias convicciones.

Algo que sí se tiene que valorar en Strindberg es que nunca cae en el paternalismo, mal que afecta a gran parte del feminismo masculino. La estridente misoginia que cala a lo largo de su obra no se esconde tras unos supuestos principios naturales ni es determinista. Lo malo es que es frecuente que Strindberg se exprese como un taxista de caricatura en el que la intención provocadora puede quedar apagada tras la contundencia del exabrupto.

En la contraportada de esta edición de Casarse se cita a Ingmar Bergman, quien afirmó que había amado, odiado y lanzado libros de Strindberg contra la pared durante toda su vida. Hay que reconocer que en el caso de Casarse mi reacción dominante ha sido la de tirar el libro. Su lectura es una lucha constante, una discusión esforzada y agotadora. En comparación con Ibsen, con quien parece mantener un pulso constante, Strindberg es más desafiante y pone a prueba nuestras firmes posiciones de una manara mucho más radical. Del lector depende decidir si merece la pena.

Editorial Nórdica
VV.TT.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Domingos de agosto, de Patrick Modiano


Quizá lo más sorprendente del premio Nobel a Patrick Modiano sea que los académicos suecos se dieran cuenta de su existencia. Pues aunque es cierto que Modiano cuenta con un importante grupo de incondicionales, una de sus características más notables es la de pasar desapercibido. No todo el mundo está capacitado para apreciar su sutileza y su manera de ser como sin estar. De la misma manera, sus libros pueden olvidarse en el momento en el que se cierran, pero solo si no se ha prestado la suficiente atención. En el caso de dejarse imbuir por su esquivo espíritu, ese mismo libro permanecerá con el lector, a lo mejor de manera subrepticia, pero sin abandonarnos.

En Domingos de agosto Modiano se aleja de sus habituales calles parisinas para trasladarnos a Niza. Pero lo que persiste son sus paseos casi neuróticos, sus recorridos en redondo, de norte a sur y de arriba abajo por las mismas calles. Y este deambular obsesivo se traslada a la estructura de la novela, que avanza en dirección contraria al tiempo. Desde el desesperanzado momento actual, la narración va retrocediendo hacia el pasado, en busca de explicaciones (nunca del todo colmadas) y de un cierto sentido, pero lo que es más importante, de un resplandor, de una plenitud que se aproxima a esos domingos de agosto en los que la felicidad era posible.




Así como la interpretación de lo que nos cuenta el protagonista del libro da pie a multitud de explicaciones, que pueden ser incluso contradictorias y que nunca acaban de esclarecerse del todo, el mismo género del libro es ambiguo. Al principio puede parecer una historia sentimental, de pérdidas y soledad. A continuación, según retrocedemos en el tiempo, parece que estamos ante la novela de fantasmas más extraña de la historia. Sin embargo, y de manera natural, el argumento pasa a convertirse en una intriga con robos, falsas identidades y posibles asesinatos.

La maestría de Modiano está en aunar todos estos géneros y lograr que converjan en un estilo personal e identificable, sin que chirríe la mezcla de tonos ni la novela se convierta en un pastiche. Al contrario, el aura nebulosa, el ambiente onírico que caracterizan a Modiano, no tienen nada de impostado. Algo curioso que sucede con sus libros es que aunque retraten lugares y épocas que nos son totalmente ajenos, logran evocar en el lector vivencias personales con un realismo que puede ser abrumador. Es esa extraña zona crepuscular en la que la línea que separa literatura y vida, sueño y vigilia se difumina y ofrece una nueva percepción. Pocos autores están capacitados para traspasar ese umbral, y sin duda Modiano es uno de ellos.

Editorial Folio
Edición en español en Alfaguara

martes, 10 de marzo de 2015

En Siberia, de Colin Thubron



Por si la aspereza natural no fuera suficiente para convertir Siberia en un símbolo de paisaje hostil, el ser humano se ha ocupado a lo largo del tiempo en transformar la inmensidad siberiana en sinónimo de crueldad. Incluso antes de que se convirtiera en un gigantesco campo de concentración que la dictadura soviética pobló de reclusos sin esperanza, ya el régimen zarista había utilizada la la tierra siberiana como espacio propicio para el castigo de disidentes y criminales, de Dostoievsky a Lenin.

Pese a todo este dolor acumulado que parece supurar de su helada tierra, Colin Thubron no oculta su fascinación por Siberia, su ilusión casi infantil por descubrir lugares míticos y experimentar en primera persona lo que se siente al pisar lugares llenos de historia y de leyendas, la excitación del descubrimiento. Pero como vemos en las páginas de En Siberia, lo hace sin frivolizar, consciente del peso que el sufrimiento sigue imponiendo sobre los habitantes y supervivientes del hielo, a veces con admiración, otras con incredulidad, siempre con humanismo.



Para empezar, el viaje de Thubron es lo más espartano que se pueda imaginar, a tono con la tierra a explorar. Se mueve en trenes destartalados, autobuses que parecen no tener un destino muy claro y a veces incluso en autostop. Solo cuando las inmensas distancias lo exigen (al final de su trayecto habrá recorrido más de veintiséis mil kilómetros) utilizará el avión para desplazarse. A menudo se alojará en pensiones de mala muerte o recibirá la hospitalidad de particulares que le buscan un rincón. Unos llaveros y un par de calculadoras serán sus ineficaces presentes para ganar voluntades.

Pero no es que Thubron se presente como víctima, conoce demasiado bien la tierra que pisa para arrogarse una condición que le sobrepasa. Lo mejor de En Siberia es cuando el autor cuenta con sencillez la historia de los lugares por los que pasa y la enlaza con la actualidad, esa extraña mezcla de horror por el temible pasado totalitario y de nostalgia por tiempos que ahora parecen más benignos. En su largo viaje se encontrará con personas de todo tipo y nos las describirá con simplicidad y profundidad. Y, más allá, una colección de aventuras, de personajes legendarios, de constante lucha por la pervivencia.

Editorial Península
Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

lunes, 9 de marzo de 2015

Medianoche en el jardín del bien y del mal, de John Berendt


Si en La ciudad de los ángeles caídos John Berendt conseguía algo tan improbable como descubrir Venecia, ciudad tan trillada que parecería imposible encontrar nuevas cosas que contar, y cuya belleza mítica casi imposibilita dotarla de misterio a estas alturas de descreimiento, en Medianoche en el jardín del bien y del mal lo tenía mucho más fácil a la hora de sorprender al lector con un mundo insólito, desconocido y donde, al parecer, cualquier cosa es posible.

En los ocho años que Berendt vivió en Savannah le fue imposible integrarse en su aislada sociedad (empeño para el que harían falta varias generaciones), pero de algún modo (no desvelado) se las arregló para ganarse la confianza de sus vecinos y poder conocer algunas de las interioridades que hacen tan particular esta ciudad del sur de Estados Unidos; porque la mejor cualidad de Berendt no es su ya de por sí excelente escritura, limpia y directa, sino su capacidad para mimetizarse con su entorno y convertirse en testigo privilegiado y confesor imparcial.




La primera parte de Medianoche es un panorama de esa ciudad tan peculiar como Savannah, considerada por Le Monde como la ciudad más bella de Norteamérica, orgullosa de su señorío, anclada en el pasado y hostil a cualquier injerencia, Savannah parece un fuerte en constante lucha por mantener su identidad y preservar la independencia. Pero lo más llamativo del retrato de Berendt es la galería de personajes que pasan por sus páginas: lo que vimos en la fantástica adaptación de Clint Eastwood se queda en poco comparado con el desfile de excéntricos, alucinados y desquiciados que podemos conocer en el libro de manera mucho más detallada.

Cuando ya nos hemos aclimatado perfectamente al ambiente de Savannah y hemos comprendido el encanto de esta ciudad de lunáticos, se inicia la segunda parte del libro, dedicada a las peripecias judiciales en torno a Jim Williams, acusado de asesinato, momento en el que Berendt tendrá que combinar su papel como reportero y su relación con algunos de los implicados con un distanciamiento nada fácil, pero el cronista logra desaparecer cuando es necesario y volver al centro de la acción cuando así se le demanda.  

Si las escenas del juicio están retratadas con una sorna totalmente justificada, es en la mezcla entre los procedimientos legales más rutinarios y la intromisión de lo sobrenatural donde se produce el efecto más chocante. La magia negra, las visitas a los cementerios, los hechizos, son vistos con la misma mezcla de escepticismo y fascinación que los sucesivos juicios a los que se ve sometido Williams. Y es que, como decíamos, todo es posible en Savannah.

Editorial Random House
Traducción de Miguel Martínez-Lage

viernes, 6 de marzo de 2015

Blitz, de David Trueba


Para los que, como Beto, el protagonista de la novela, no sabemos una palabra de alemán, “blitz” nos hace pensar la batalla aérea que los alemanes emprendieron durante la Segunda Guerra Mundial contra Gran Bretaña. Y aunque en el libro de David Trueba esta palabra remita al deslumbramiento que puede provocar la verdad, sus efectos, a nivel personal, son tan devastadores como un bombardeo indiscriminado. Un destello, una revelación inesperada, y el mundo de confort en el que se habita ha sido destrozado para siempre.

Pero, al contrario de lo que dice el refrán, después de la tormenta no viene la calma. En Blitz ese momento en el que se produce la comprensión no supone una catarsis liberadora, sino que da pie al desconcierto, al desmoronamiento de las certidumbres. Perdido en un país extraño, aislado y sin apoyos a los que agarrarse, Beto necesita reconstruirse de la noche a la mañana, como una ciudad arrasada que debe levantarse de sus ruinas pero que no encuentra ni las ganas ni los recursos para recuperarse.




En la primera parte de la novela, pese a la sacudida inicial, Trueba se lo toma con calma e incluso se permite excursos que enriquecen la comprensión, dotando a sus personajes de capas de humanidad, a costa de una acción que parece detenerse. Sin embargo, en un llamativo contraste, la segunda parte se acelera y los breves capítulos encapsulan momentos muy concretos en los que Beto se sumerge en la apatía, como viéndolas venir.

Y es que en realidad el núcleo de la historia no sería tanto el descubrimiento que trastoca la existencia de Berto, su pasado al fin y al cabo, sino ese nuevo conocimiento que le permitirá vislumbrar un futuro inesperado. Así, solo en el capítulo final Beto toma las riendas de su vida, por utilizar una expresión novelesca, y decide hacer algo, sin que sean los demás quienes le impongan su rutina macerante.

De manera tan sutil que podría ser debatible, Trueba consigue que Beto se convierta en un épitome de la situación actual del país. No porque su vida sea utilizada como una metáfora de nada, recurso limitado a los malos novelistas, sino porque de manera natural, sin subrayados ni intenciones moralizantes, las experiencia de Beto pueden leerse también como una explicación de todo lo que está pasando, de esta nueva sociedad de la inconsistencia de valores trastocados y con la inseguridad como única certeza.

Editorial Anagrama


jueves, 5 de marzo de 2015

El balcón en invierno, de Luis Landero


Se suele decir que es imposible vivir sin ficción, pero a veces, como pasa con la realidad, la ficción se hace insoportable. Esta experiencia, que todo lector ha sufrido, se hace todavía más dura para el escritor de novelas, que en un momento de debilidad (o quizá de lucidez) se pregunta para qué tantas historias. Lo que nos hace pensar que la moda actual por los relatos reales es algo más que una moda. Como las personas normales, los escritores (!) también pasan por sus momentos de hastío y de introspección. Pero en lugar de caer en el ensimismamiento, nos lo cuentan, por lo que (en los mejores casos, al menos), todos salimos ganando.

Al inicio de El balcón en invierno Luis Landero confiesa esta frustración, su incapacidad para implicarse en una nueva novela que le suena artificial e insincera. Nada grave, es una fase por la que hay que pasar. Más preocupante es que cuando decide alejarse de los libros y buscar la vida, se da cuenta de que ahí fuera tampoco está su lugar. Y entonces es cuando se plantea el verdadero problema: tendrá que buscar en su memoria para encontrar su verdadero espacio, con lo complicado que es eso.




A partir de entonces, el viaje que emprende Landero le llevará por diferentes épocas y lugares sin moverse de su escritorio. Los recuerdos remotos, las vivencias dejadas atrás, las experiencias que ha intentado olvidar, se amontonan en su cerebro y en sus dedos. Desde los remotos hojalateros de los que desciende hasta su conflictiva relación con su padre, el autor traza una línea biográfica que va más allá de su propio nacimiento en un intento de comprenderse a sí mismo a través del conocimiento de su familia.

Pese a la delicadeza en las descripciones y la ternura en los retratos, El balcón en invierno no es un libro de evocaciones ni de nostalgia. Tampoco es lo que se suele entender como un libro de aprendizaje. No hay linealidad ni una interpretación retrospectiva que dé sentido a todo lo que ha llegado a ser. Se trata más bien de una colección de estampas, un repaso por los momentos estelares de una vida común y única que han desembocado en este instante, en este hombre que se asoma al exterior y, ahora sí, se encuentra consigo mismo.

Editorial Tusquets

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las ganas, de Santiago Lorenzo


A lo largo de su carrera Santiago Lorenzo ha demostrado una variada gama de habilidades en diversas materias, pero siempre ha prevalecido su calidad de artesano. Así, en su faceta de novelista, podemos comprobar cómo cada frase parece tallada con mimo y minuciosidad. Hay en su escritura tal riqueza de recursos, imágenes y brillantez que a menudo es necesario leer sus frases un par de veces para que la chispa del ingenio no oculte la amplitud de sus referencias.

De igual manera, se podría devaluar el alcance de sus libros calificándolos como simples gracietas, por esa mala costumbre de mirar con la ceja levantada todo libro divertido (y si hay algo que nadie discute, es que las novelas de Lorenzo son hilarantes). Es cierto que el argumento de Las ganas (el tremendal de Benito, su protagonista, por no porlar) no parecería el culmen de la sofisticación, pero Lorenzo va mucho más allá de la broma cafre y a través del estilo consigue construir un mundo personal y reconocible.




También el Madrid que aparece en Las ganas es el Madrid eterno. Sus escenarios, reales, pueden pasar desapercibidos incluso para el madrileño de toda la vida, pero están ahí, a la vista de todos. Las calles de Luna o Chamartín que aparecen en el libro tienen la cualidad de ser secretas, sabemos que existen y podemos pasear por allí, pero siguen manteniendo algo de enigmáticas, como si sus secretos solo fueran desvelados a los iniciados. Y Lorenzo consigue transmitir a la perfección esa mezcla de cotidianidad y misterio.

El lenguaje de sus personajes también combina una creatividad muy poco realista con una marca de autenticidad que no se puede impostar. Las palabras inventadas pero de una expresividad que no deja lugar a dudas, los giros inesperados que sacuden como descubrimientos de algo que siempre ha estado ahí, las metáforas, los insultos y todo tipo de expresiones chocantes y locas hacen de la experiencia de leer a Lorenzo un delirio tragicómico en sí mismo.

Editorial Blackie Books


martes, 3 de marzo de 2015

Mrs. Bridge / Mr. Bridge, de Evan S. Connell


Mrs. Bridge comenzó siendo un relato publicado en The Paris Review para un tiempo después convertirse en una novela, la cual a su vez, diez años más tarde, se vio completada por una segunda parte, Mr. Bridge. Y no habría sido extraño que Evan S. Connell hubiera alargado la saga dando espacio a los hijos del matrimonio, pues aunque ambas novelas están construidas a través de breves escenas de apenas un par de páginas y en ellas nos encontramos con unas personas que parecen encarnar el vacío existencia, hay allí mucha más vida de la que nos podríamos imaginar.

Mrs. Bridge (India, aunque tanto su nombre de pila como el de su marido, Walter, apenas son citados) podría parecernos el prototipo de ama decasa desquiciada, tan absorta en su aburrimiento que apenas es capaz de darse cuenta de que su vida está pasando sin que haga nada al respecto. Constreñida por la autoridad de su marido y golpeada por la indolencia y egoísmo de sus hijos, Mrs. Bridge parece una persona por delegación, incapaz de tomar decisiones, sin el menor atisbo de rebeldía.

Se podría considerar la visión de Connell como flaubertiana, aunque en su acercamiento hay algo más de comprensión y simpatía que en el maestro francés. Cierto que no escatima burlas ni ironía, pero en el fondo se detecta algo de compasión, que no es lo mismo que condescendencia. Mrs. Bridge es una mujer débil y frustrada, pero Connell no la convierte en ese mártir tan enojoso en el que muchos autores se empeñan en convertir a sus personajes femeninos, sino que se apiada de ella. Más que una Madame Bovary, sería como la Félicité de Un corazón sencillo.




Mr. Bridge es intransigente, puritano, despótico, racista y antisemita. Una joya, vamos. Pero también es justo, capaz de comprender y de ayudar, preocupado por el bienestar de su familia más allá del deber. Ni tan siquiera él mismo se comprende, por lo que para los demás, que le ven a través de una capa de frialdad de la que nunca se despoja, aparece como un ser inescrutable, tan intolerante con todo lo que se aparta de su visión del mundo como capaz de sorprender con su generosidad desprendida.

En este caso Connell no muestra ninguna simpatía por su criatura, pero una vez más evita caer en la simplificación. Aunque las novelas se sitúan en los años 30, fueron publicadas en 1959 y 1969, y no cuesta ver en Mr. Bridge una personificación del espíritu de los años 50, el hombre del traje gris. Muchas novelas americanas de esa época se centraron en la figura de este hombre de vida rutinaria, habitante de los suburbios acomodados, que parece transitar por la vida tan seguro de su éxito social como incapaz de reconocer su fracaso íntimo. Y Connell, con su díptico, logró que podamos comprender mejor, sin necesidad de juzgar, a un tipo de personas que nos parecen muy distantes pero que en el fondo nos son tan cercanas.

Editorial Seix Barral
Traducción de Ana Mª de la Fuente y Elsa Mateo