martes, 23 de junio de 2015

El tiempo amarillo, de Fernando Fernán-Gómez


Una de las ventajas de leer un libro de memorias de un actor es que podemos escuchar la voz del autor. Complicados mecanismos neurológicos permiten que la acostumbrada lectura mental se convierta en una retransmisión radiada en la que, en este caso, la impresionante voz de Fernando Fernán Gómez se instala en nuestra mente y transforma la lectura pasiva en algo así como la asistencia a un fascinante monólogo en la que el protagonista nos cuenta, con total intimidad, sus recuerdos más resplandecientes y un buen puñado de anécdotas memorables.

Pero El tiempo amarillo es una autobiografía muy peculiar. Si en la primera parte Fernán Gómez más o menos se atiene a las convenciones del género (aunque con libérrimos saltos temporales y una estructura en la que no se sujeta a ningún principio superior a su propio buen entender), en la segunda parte, cuando pasa a hablar de su edad adulta, el pudor del autor le impide entrar en determinados asuntos personales. Y eso por no hablar de la tercera y última parte, más bien un diario en el que cabe un poco de todo, de artículos propios y extraños a sueños esbozados.




Desde luego, en una escuela de guiones la estructura de El tiempo amarillo no pasaría la prueba. Poco importa, pues el lector agradece este estilo caprichoso, como la memoria misma. En la primera mitad del libro Fernán Gómez detalla su infancia (que, como asegura, no se parece a ninguna otra) y junto al recuerdo cariñoso de su familia podemos reconstruir el ambiente de los años que van de la dictadura de Primo de Rivera al estallido de la Guerra Civil. En estos pasajes el autor recupera la mirada sorprendida y necesitada de conocimiento del niño con la visión retrospectiva y melancólica del adulto que se enfrenta a estos tan luminosos como dolorosos recuerdos.

En la segunda parte la narración se acelera y aunque abundan las referencias y los detalles, el lector siempre quiere más. Con un permanente punto de decepción, aunque sin ocultarse detrás de un falso malditismo, Fernán Gómez hace repaso de una carrera que le llevó a ser considerado el mejor actor de su generación y un muy estimable director. Su trabajo en cine, teatro y otros medios fue tan extenso que a la fuerza se quedan cosas fuera (es de lamentar que apenas dedique espacio a Edgar Neville, por ejemplo), pero lo más llamativo es su reticencia a hablar de cuestiones más personales.

Si el prólogo de Luis Alegre (que, como siempre, se debe leer al final) eleva el arte del name-dropping a una nueva categoría, hay que admitir que el último acto de El tiempo amarillo, la ampliación que Fernán Gómez escribió en 1998, no está a la altura del resto del libro. La mayor parte la ocupa un diario de rodaje de Pesadilla para un rico, que ciertamente no está entre sus trabajos más destacables. Pero a estas alturas la compañía de Fernán Gómez se ha convertido en tan familiar y amistosa que da un poco igual lo que cuente, con oír su voz es suficiente.


Editorial Capitán Swing

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