jueves, 16 de julio de 2015

Cabaret Biarritz, de José C. Vales


Como se cuenta en Cabaret Biarritz, fue precisamente el libro de Hemann O. F. Goedsche Biarritz la base sobre la que se construyó la infamia conspirativa sobre los sabios de Sión, peripecia que hace unos años noveló Umberto Eco en El cementerio de Praga. Al igual que Eco, José C. Vales combina los trucos melodramáticos y los golpes de efecto de la literatura folletinesca con los más posmodernos recursos de la ficción para, con una base tan transitadas como las historias de muertes espantosas, sociedades secretas y amores desbocados, construir una novela tan ingeniosa, bien trabada y feliz que solo esos críticos cuyo cadáver tarda dos años en ser encontrado podrían calificar de superficial.

En Cabaret Biarritz nos encontramos con varias decenas de personajes que con su propia voz van tejiendo la narración. Esta técnica ya de por sí endiablada (no es nada fácil contar una historia de manera coral) tiene su verdadero valor en la capacidad de Vales para dotar a cada narrador de un estilo individualizado. Desde el erudito que tachona su discurso con multitud de citas latinas hasta la criada que habla en monólogo interior, Vales consigue que cada una de sus creaciones cobre vida a través de las palabras. Y todo sin perder la perspectiva de conjunto: el lector atento podrá descubrir sutiles semillas dispersadas aquí y allá y que de repente florecen donde menos se lo espera.




Pero la riqueza de Cabaret Biarritz no se acaba en este virtuosismo polifónico, sino que el entramado argumental también juega en múlitples planos. En primer lugar se encuentra la enumeración sucinta de sucesos extraordinarios que tienen lugar en Biarritz, 1925. Varias muertes de aspecto fortuito pero de cadencia sospechosa. Después se sitúa la investigación del reportero Vilko y el fotógrafo Galet, a los que se unirá la intrépida Beatrix, quienes no se creen tantas coincidencias. En un tercer nivel se sitúa la investigación que tres lustros después llevará a cabo el escritorzuelo Miet, quien intenta atar todos los cabos sueltos regresando al lugar del crimen y entrevistando a protagonistas y secundarios.

Para completar el cuadro se precisa la participación del lector, quien deberá completar una historia que se le presenta fragmentada e incompleta. Y aquí aparece la parte posmoderna de la novela, aunque a estas alturas ya se podría decir que el recurso ha alcanzado el estatus de clásico. Vales ha construido una novela puramente literaria en la que no faltan ni el falso prólogo ni las notas del impertinente traductor (este, que alcanza la categoría de personaje con entidad propia, es uno de los grandes aciertos del libro), pero donde muchas novelas que van de modernas fracasan porque ya todos tenemos los dedos pelados de pasar páginas similares, Vales triunfa por su sentido lúdico, por su brillantez estilística y por saber tomarse el juego con la mayor seriedad exigible.


Editorial Destino

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